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Edición #4866 |  Ecuador, miércoles, 12 de diciembre de 2018 |  Ver Ediciones Anteriores
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EN ECUADOR SE MATA CON LA INDIFERENCIA

2015-09-27 13:34:00
Análisis
10854

Por: FHA/ Ecuamex

Tengo la impresión que la oposición en Ecuador, en una evidente minoría, todavía no asimila con precisión el mensaje que le acaba de dar la gran mayoría de la población ecuatoriana: el de la indiferencia, que les ha conducido al fracaso de sus reclamos y exigencias frente al gobierno de Rafael Correa. Aunque también es probable que no quiera hacerlo por no convenir a sus intereses, que han sido proclamados como "nacionales" cuando en verdad casi toda la nación los ve como "personales". Pues sí, en Ecuador se mata con la indiferencia y los muertos tardan en entenderlo.

 

Desde hace algunos meses atrás, en enero del 2015, luego de encaminar legalmente la decisión del gobierno para cambiar la Constitución de la República y facilitar las 16 enmiendas incluida la reelección, líderes políticos con una encuesta en mano salieron para hablar en nombre de toda la nación y decir, atribuyéndose un presunto 84% que los ecuatorianos querían ser consultados para decirle “no” a la relección presidencial, que podría permitir la presencia de Correa, por un tiempo mayor a los 10 años en el poder.

El dato regado en los medios de comunicación, que a momentos dan la impresión de estar confabulados en el enredo de posiciones y confusiones; pretendió dar legitimidad al reclamo aduciendo ser “mayoritario”, porque así lo decían “sus cifras” y desde ese momento mal manejaron a la encuesta con datos tan variables que destrozaban la credibilidad en la misma; hasta que se forjó un discurso de violencia verbal, agresiva y grotesca, que se fue expandiendo en las redes sociales para dar la impresión de era una posición masiva, colectiva, amplia.

De las palabras se pasaron a las acciones. Así, esa minoría se volvió activa y salió a “calentar las calles”, para lo cual contaba con una suficiencia de propaganda, un bombardeo incesante de palabras y mensajes que buscaban ganar a la nación y convencerla que se lucha por sus intereses, su democracia, sus derechos y libertades.

Tan intenso fue el mensajeo que a primeros días de junio de 2015 la situación parecía haber tomado camino hacia punto concluyente del mandato de Rafael Correa, tanto que la presencia de grupos en las manifestaciones, sean estos numerosos o no, dieron gritos de victoria y al amparo del “fuera Correa fuera” lanzaron anuncios fatales con audacia para “ir a tomarse Carondelet” a la brava, como lo habían hecho en tres ocasiones anteriores, es decir: tumbar al gobierno argumentando ser mayoría, y defender a las supuestas mayorías que ellos representaban.

El ambiente había sido preparado para el estallido social. Una buena cantidad de voceros y líderes políticos de la oposición desgranaban desgracias, y todavía lo hacen, en micrófonos y pantallas generosamente abiertos, cuando antes estaban cerrados de manera sectaria. Muchos analistas preveían el desastre con un “tremendismo” inaceptable, que contrastaba con la realidad que la gente vive a diario, como si la gran masa ciudadana no se diera cuenta de lo contradictorio de sus presagios.

Tan percudido se vio el panorama que le hizo recular al propio gobierno, al punto del temor y la duda. Los últimos días de junio la ausencia del mandatario Correa y el confirmado susto en el equipo de ministros de Alianza PAIS (AP) les alertó de una insurrección posible, tan acostumbrada entre ellos que fueron parte de los “forajidos”.  Por eso el llamado urgente al diálogo, la convocatoria a las conversaciones, la apertura a todos los sectores fue la respuesta, que en un inicio no pareció atinada, pero que a la larga le ha dado gratos resultados al régimen; sobre todo por la nula acción de la oposición a esta pose democrática.

 

Es decir, supuestamente estuvimos en el “borde de la tormenta”, pero la gran masa ciudadana en Ecuador no dijo nada, y es que desde el inicio de este debate solo guardo silenció. Los dejó que griten sin cesar y mantuvo la posición equilibrada y distante, lejanamente distante con los promotores del conflicto.

El llamado a un paro nacional y a un levantamiento indígena sonó como una convocatoria a la guerra opositora contra el régimen presidencial de Correa. La proclamación de tal enfrentamiento estuvo fuertemente proclamada con “tambores de guerra” y el famoso invocar del “ruido de sables”, que buscó convertir a la nación en una especie de territorio de alta conflictividad, al cual había que salvarle con su posición asumida y que tenía que ser aceptada por todos.

El primer error que han cometido estos sectores de indígenas, obreros y movimientos sociales, fue: el enfoque, creerse propietarios de la mayoría, al sembrar un sentimiento de insubordinación colectiva hacia el poder constituido, tanto que se creían seguidos por inmensas masas que compartían su visión, forjada a punta de comentarios y criterios vertidos en los medios de desinformación que son parte suya o al menos que comparten ese irreal panorama que no existe más allá de la dirigencia.

El inicio de marcha el 2 de agosto de 2015, fue el inicio de una cadena de despropósitos políticos que les han pasado factura, en especial a lo que se tenía previsto en su estrategia: comprobar que  a la gran mayoría de la nación le importó muy poco esta posición opositora; y fue probado a lo largo de estos días.

Esta es una verdad vista desde el inicio, la marcha contó con un número muy disminuido de personas, no más de unas doscientas, que proclamaban ser representantes de la mayoría. Quizás esperaban ser acogidos en los pueblos que anunciaban recorrer precisamente por esa gran corriente que ellos aseguraban tenían a su favor, pero, por primera vez, en lo que va la historia de los levantamientos indígenas les salieron al paso marchas en su contra, siendo recibidos por grupos pro gobierno que apoyaban al régimen y que les gritaban en su cara exclamaciones acusatorias de golpismo, que por cierto no eran de su agrado y menos de su explicación a las masas que iban en caravana motorizada.

 

Luego de recibir las críticas a su paso, vino en seguidilla el reflejo del otro error: el temor del que venían precedidos, precisamente por la exageración de dirigentes que usaban la violencia verbal excesiva en los medios de comunicación social, en los que proclamaban una gran marcha que no era tal. Si se suman los anuncios extremistas de otros consultados, que proclamaban “cierre de carreteras”, “desabastecimiento de mercados”, “toma de ciudades”, con una inusitada agresividad expuesta; sobre todo por un desconocido Severino Sharupi, que con cada palabra atizaba más la tensión, a la que contribuían Salvador Quishpe o Carlos Pérez Guartambel, entonces el ambiente de la espera de era de miedo, precisamente de ese miedo de que decían ellos “haber perdido” y que la gente no lo disimulaba antes de la llegada de los indígenas que iban a la capital a “tumbar al gobierno”.

Pero, al verles tan pocos la decepción fue en aumento junto a la crítica contra la credibilidad en los medios. La gente optó por “dar la espalda” a la marcha y restarle importancia como a las noticias que se esforzaban por mostrar tomas tumultuosas de un grupo minúsculo. Digamos que buena parte del recorrido fue la indiferencia el elemento común que les acompañó a los indígenas, esa primera expresión de distancia o abandono no fue leída, o quizás no lo demostraron los dirigentes que hablaron de un gran movimiento que significaba que todo el Ecuador se había levantado contra Correa, cuando en las calles eso no era verdad. A la gente le importó muy poco lo que pasaba con la marcha, levantamiento o como se llame, una vez que los vio pasar. No le hizo caso y siguió con lo suyo, tanto que ninguna ciudad o población paralizó su labor y otros tantos los miraron como un estorbo o impedimento a sus actividades comerciales, que no permitió la movilización de sus productos y su gente.

Y precisamente por evitar que se extienda esa imagen antes de su llegada a Quito fue que se adhirieron más errores en su comportamiento. Uno de ellos, incurrir en la censura de prensa para evitar que algunos medios dijeran verdades sobre la marcha, o cuestionasen el sentido de misma. Así, violentaron la libertad de prensa que tanto reclamaban al gobierno, y de paso contaminaron a algunos medios como Teleamazonas o La Hora, al asomar imágenes controvertidas de un nada aclarado apoyo, que más bien respondía a presuntas presiones de la dirigencia de la marcha antes que a una desinteresada cooperación. Nada de eso ayudó.

 

La llegada a Quito, el pasado 11 de agosto, fue igual de ignorada por la gran mayoría. Claro, fueron a recibirle un grupo de afines que van desde la ultra izquierda a la ultra derecha, pasando por los resentidos con Correa, los opositores políticos más recalcitrantes que tiene su base en la ciudad y que hicieron un buen grupo que rebasaba las quinientas personas, mientras que una autonombrada “asamblea de Quito” los declaró “huéspedes ilustres” al filo de la entrada.

Pero, dos factores dieron la imagen contraria a una movilización exitosa y tumultuaria, el que los grupos de apoyo al régimen también llegaron con los gritos en contra; y que su presencia sea a la hora menos indicada, por el conflictivo tráfico en Quito, que aumentó la sensación de molestia o fastidio. Y aunque nada de esto se haya visto en los canales de televisión, que más bien quisieron hacer contorsiones para mostrar ángulos imposibles de un masivo apoyo, este no surgió por ningún lado.

Llegaron y acamparon en el parque El Arbolito, preparado para el efecto por el propio municipio de Quito, que por política democrática del señor Rodas, últimamente facilita bebederos de agua y letrinas a toda manifestación, como si fuese cuestión de “ir a tomar agua y orinar”. El número no fue preciso, pero la duda del ¿Cuántos son? se vio despejada a la mañana siguiente, al amanecer el 12, por las fotografías logradas por periodistas y cibernautas que lograron captar desde los edificios aledaños, y se encontraron con una cruda realidad: eran muy pocos, muy reducido el grupo, no llegaban a un centenar y, por las fotos,  aquello no se pudo negar; pese a los esfuerzos que se hicieron por proclamar “que somos la gran mayoría del país”.

Las exigencias del presidente de la CONAIE, Jorge Herrera, para que “el Presidente Correa archive las enmiendas hasta mañana 13 de agosto” causaron mas incredulidad que efecto, pocos se la tomaron en serio. La gran mayoría no se molestó siquiera en revisar el significado de esta exigencia, y el día pasó entre el tumulto de noticieros que “preparaban” el “gran paro nacional del pueblo” que tenía que cumplirse inexorablemente el 13 de agosto. Marchas van, grupos vienen, no asomó en todo el día el “gran levantamiento”, ni siquiera con una mínima agrupación de indígenas de Cayambe, que interrumpieron el tránsito por la avenida 10 de agosto; la vida continuó normal, sin molestar en lo absoluto por el paso de los marchantes.

He de insistir que todos estos detalles solo anticiparon un hecho evidente: que a la gran mayoría del Ecuador no le importaba en lo absoluto lo que hicieran o dejen de hacer los grupos opositores con tanta revuelta. Hasta esas fechas nadie había paralizado nada, ni se había inmutado con la presencia de los indígenas, por lo que un paro a esas alturas solo podría ser: o el estallido social previsto, o que siga la vida cotidiana de los ecuatorianos sin alteración alguna.

Llegado el día 13 de agosto, cuando han pasado algunos días, se puede decir en frio análisis, que la indiferencia mató a cualquier intento de rebelión, sublevación o conflicto social en Ecuador. Una gran mayoría, por no decir la totalidad en algunos casos, como en lo laboral, comercial o institucional no acató el llamado al Paro.

No pararon ni fábricas ni empresas, ni almacenes o servicios. A ninguna institución se le ocurrió cerrar sus puertas, tampoco los sistemas de transporte o abastecimiento. Fue asombroso que esta sea la muestra más contundente de repudio silencioso a la vieja clase sindical, política y social, que había acostumbrado a la nación a conmoverse con sus paralizaciones. Quizás para su consumo en la dirigencia, a medida de que pasaron las horas y nadie paraba se preguntaron, como dice Alberto Cortés en la “Parábola de Uno mismo” “Si se ha quedado mudo, o si son sordos”,  nadie lo sabe.

Una dimensión desproporcionada de los hechos se quiso dar en los noticieros televisivos del mediodía, agrandar el incidente en la zona de “El Chasqui”, en Cotopaxi, y en las carreteras de la entrada a Imbabura. Pero el efecto que produjo fue contraproducente porque no era aceptable para la gran masa ciudadana que se paralicen a miles de personas en su libre circulación con sus vehículos, inexplicablemente detenidos o, que a los propios campesinos se les impida sacar sus productos; que se atente contra la naturaleza, se tumben árboles y se queme el asfalto de las carreteras que tanto le han costado a la nación, con llantas humeantes. Un espectáculo deplorable que causó repudio colectivo frente a las pantallas.

El resto solo fue confirmatorio, que el país no quiso nunca de ningún modo participar de esta acción que se descalificaba sola, a medida que avanzaban las horas. Tan indiferente fue que, a las 19h00, en el peor momento de los enfrentamientos en el centro histórico de Quito, el problema era solo entre las calles Guayaquil, Espejo y Bolívar, hasta la plaza de Santo Domingo. El gran público les dejó a los violentos y se alejó pronto, tanto que, cuadras más abajo, en la plaza Marín no ocurría nada, la gente no alteró su movimiento cotidiano, tomó los buses y se fue a su casa tranquilamente sin importarles el destino de los agresivos manifestantes.

Lo demás fue sentarse a ver los noticieros de esa noche y escuchar a dirigentes hablar de una “manifestación pacífica inmensa”, acompañada de imágenes impresionantes de iracundos y violentos que agredían a los policías, destruían el patrimonio de la humanidad, sus plazas eran convertidas en escombros para lanzar a los policías, junto a bombas incendiarias, piedras y garrotes.

 

Al tema se sumó lo ridículo de lo ocurrido con Salvador Quishpe quien, tiznado la cara, reclamó un confuso incidente en el que se había visto envuelto en medio de los ataques a la fuerza pública. Lo lamentable del caso, más allá de haberse afectado seriamente la credibilidad del dirigente indígena y su autoridad provincial como prefecto zamorano, fue que se desató una ola de doble moral y burla, mezclada con racismo, que le salió a flote a los mismos que minutos antes habían promovido la marcha indígena, y que aprovecharon luego para dar rienda suelta a sus prejuicios, en perjuicio de la imagen de Quishpe Lozano.

Hasta ese momento y en los días posteriores, ni marchas, ni concentraciones dadas, lograron absolutamente nada. Ni siquiera el desprecio oficial daba opción de una respuesta a los grupos indígenas, obreros o sociales. En cambio, las escenas de violencia provocadas por las manifestantes y excesos de sus ataques con 120 policías heridos; que presentadas en forma insistente en la televisión por cadenas oficiales resultaron tan crudas como reales y con un efecto altamente negativo, pues la gente clamó mayor dureza en la actuación de la fuerza pública y del gobierno, para luego olvidarse de los motivos de la protesta y el destino de más de 40 detenidos, que se supone luchaban por toda la sociedad ecuatoriana.

Lo triste fue el espectáculo de salida, ya que, tras rumiar su fracaso, en sesiones que se supone fueron de autocrítica, la dirigencia de todo este movimiento tuvo que asimilar que se habían excedido en sus anuncios de “paro indefinido”, “marcha hasta lograr la totalidad de sus reclamos”, “hasta la renuncia final del gobierno si no quita sus enmiendas”: total… ¡Nada!, absolutamente… ¡Nada!. Para el sábado 22 de agosto tuvieron que irse, levantar su campamento del parque El Arbolito, porque hasta ese día les había dado permiso Rodas, y no podían quedarse un instante más. Se fueron amenazando volver y de igual forma la gente les miró indiferente, lo que cargó más la sensación frustrante de no haber logrado nada.

Redacto esta crónica de análisis a pocas horas de haber concluido la promocionada marcha de 16 de septiembre, a un mes de los hechos y, la desazón es peor para estos sectores de oposición al régimen, ya que la movilización convocada para de este día fue mucho menos de lo esperado, menor, simple, y la indiferencia más grande. Quizás les llegó la hora de revisar su estrategia, porque deben sentir que importan poco.

 

En conclusión:

La indiferencia mató una cifra: la de presuntos 73, 75, 84 o 90% de ecuatorianos que quieren ser consultados para irse en contra de las enmiendas, en un manejo inadecuado de las mismas que varía según el vocero que lo diga y como lo use. No asoma por ninguna parte la gente de ese gran número, y todo parece indicar que a la gran mayoría no le importa ese planteamiento, que no llama la atención el ser consultado o no sobre la reelección; porque a la larga es una convocatoria provocada por quienes tienen interés electoral contra Correa, para ser candidatos en el 2017. Nadie ha respondido sobre la validez de una encuesta contrastada con una actitud lejana a todo pronóstico; es decir, no se ha calculado cuan poco le ha importado a la gente que reclamen en su nombre, sin que jamás haya pedido que lo hagan.

La indiferencia mató al opositor violento: porque la imagen virulenta del golpismo con el “fuera Correa  fuera” no movilizó a la gran mayoría, tras las primeras convocatorias. La gama de ofensas insultos y el lenguaje procaz en las redes sociales, a nombre de una oposición que no ha logrado ser pacífica por ningún lado, alejó a la gente. Muy pocos se sintieron motivados a ir a encuentros con discursos de dirigentes belicosos, como Sharupi o Quishpe, o participar en movilizaciones que terminaron en cruentos enfrentamientos con la policía. La violencia mató definitivamente al llamado y se quedaron solos los iracundos, en condición de malos sujetos que decían luchar por toda la sociedad, que no se sentía defendida por ellos y por el contrario veía como se atacaban y destruían a personas,  bienes y propiedades.

La indiferencia aisló a quienes no quieren diálogo: que es reclamado con insistencia por las grandes masas. Mas de un consultado en la calle, en los canales de televisión, o en las encuestas de boca a boca en radioemisoras, piden, claman, suplican, solicitan, exigen: ¡que conversen, que dialoguen, hablando se entiende la gente!, pero tal llamado es promovido por el gobierno y, rechazado por la oposición. A lo largo de toda la marcha los dirigentes obreros, indígenas y sociales proclamaron su negativa al diálogo, mientras el régimen lograba concentrar fuerzas políticas afines con su llamado al diálogo nacional. Total, los “autoexcluidos” fueron rápidamente sustituidos por nuevos actores políticos, nuevas dirigencias que supieron exponer sus puntos de vista, mientras ellos se han quedado apartados, con sus razones frustradas.

La indiferencia dio por superado el discurso de la dirigencia: Ellos, los que asumen la representación sindical, desde hace años, los de los indígenas con crisis internas que los nombran con sabor a imposición antes que a democracia, pusieron en la mesa un solo discurso: Ellos o nadie, y descalificaron a los que aceptaron conversar sus inquietudes, así sean cercanas al gobierno, sin que eso los valore como los únicos autorizados a representar a la gran mayoría.  

En su mejor momento, según Mesías Tatamués, que tiene un feo drama ético y moral ante la opinión pública, ya que siendo representante de los trabajadores hasta ahora no puede explicar “¿en dónde trabaja?”, dijo en una entrevista, que ese 13 de agosto “fuimos 200.000…”, si como lo leen: doscientos mil los manifestantes que salieron a las calles. En el hipotético no-consentido que así fuese, ese número solo representa el 1.3% de los 15 millones de ecuatorianos, que buscaron imponer sus condiciones por la fuerza, exigir derechos violentando los de los demás. Y eso fue precisamente lo que los distanció de la gran mayoría, porque todo sabe a imposición violenta de su discurso, a como dé lugar, a que su propuesta de gobierno, sus reivindicaciones grupales que se trata de disfrazarlas de nacionales, sean impuestas y esta indiferencia prueba que la gente no acepta imposiciones, y menos de una minoría extrema.

Mas lejos aún, el tema se convirtió  en generacional. Desde hace 9 años atrás que la nación no vivía una jornada de paro, huelga, movilización o levantamiento. Para muchos eso fue cosa del pasado que no se lo concebía en el Ecuador de hoy.  Es más, bajo un concepto real de que “Ecuador ya cambió” como lo sostiene el régimen en forma de consiga, a la gente le impactó tal aserto y lo ha hecho propio, por lo que este tipo de convocatorias son miradas como extrañas y con desconfianza, tal como lo aceptó un asambleísta opositor en sus expresiones de dura autocrítica en una red social.

Lo inadmisible del suceso es que la CONAIE, EL FUT, los Movimientos Sociales, no unificaron su discurso, el cual cambiaba según el vocero. Fueron tantos los pedidos y tan cambiantes las posiciones, que al final el gran público no sabía “que mismo querían”. La confusión fue de ellos y, las exigencias se diluyeron en palabras huecas, sin sentido. Será por eso también que no obtuvieron nada, porque nunca clarificaron lo que buscaban.

La indiferencia mató una falsa unidad por el sectarismo, odio histórico y maniqueísmo: Sí, como lo leen. En medio de las movilizaciones, en los momentos más álgidos de las manifestaciones, a la extrema izquierda, que había cooptado buena parte de la cúpula de esta movilización, le salía el sectarismo y no permitía que ningún sector político se acerque siquiera, o que su imagen los empañe a su figuración pública. Y aunque el movimiento pintaba en los medios de comunicación como impactante, todo dirigente de otra tienda fue rechazado una y otra vez, para “no contaminarse con la derecha”; “para no envolverse con la partidocracia” impidiendo así que nadie más que ellos se suban a “su” camioneta.

Tampoco se puede negar que pesó el odio histórico ese que les hace “mirarse con asco” a los opositores, así les una la repulsa a Rafael Correa. No pueden evitar el que su vida política, de muchos de quienes están al frente a esos movimientos, se haya dado en medio de descalificaciones e insultos al otro, al que le acusaron de todos los vicios. Unirse entre ellos equivaldría a reconocer que se equivocaron al atacarse, o que estaban “escupiendo al cielo, y cayéndoles en la cara”, eso no lo podían permitir, entonces unidos jamás, nunca, ni en esta, ni en las próximas, así el gobierno diga que “se unieron todos los posibles” en el fondo el asco político peso más y los desunió.

Y algo más echó por los aires el repudio e indiferencia en la cúpula dirigencial, el ver a los “maniqueos” actuar a su propio gusto. Si, esos que luchaban por subir al poder a Correa y atacaban a quienes no creían en su propuesta electoral; con el paso del tiempo se resintieron con el Presidente y, se volcaron a atacarlo. Ahora, se pelean en cambio con quienes no han comprado su bronca y lo tachan descalifican y censuran por haberles creído antes y no creerles ahora, pobre espectáculo dan los del “o conmigo o contra mi”.

A final de cuentas, así queda la oposición, pero, y se preguntarán: ¿Y el gobierno que gana con esta indiferencia? Creo que no se puede proclamar victorioso, ni debe confiarse de un supuesto triunfo. Quizás lo que le dio esta batalla política es un buen resultado de diálogo pero, para fortalecer sus bases y generar autoestima política muy necesaria. Por supuesto el régimen no debería confiarse de esa gran apatía ciudadana con sus rivales políticos, porque no significa apoyo irrestricto, y no es bueno creer en una tendencia que no es capaz de reaccionar en contra, pero que no defiende a nada, ni a nadie. (FHA).

Fuente: Ecuasdorinmediato.com
Fotos: periodista Holguer Guerrero de la Cruz.

Francisco Herrera Aráuz  Periodista, Abogado, Politólogo. Director del Sistema Ecuadorinmediato.com
Ecuamex: Agencia de Noticias y contenidos editoriales para Ecuadorinmediato.com 

 

 

 

 

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