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Edición #4866 |  Ecuador, sábado, 23 de junio de 2018 |  Ver Ediciones Anteriores
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PAPA FRANCISCO EN MISA DEL BICENTENARIO: "ES IMPENSABLE QUE BRILLE LA UNIDAD SI MUNDANIDAD ESPIRITUAL NOS HACE ESTAR EN GUERRA" (TEXTO HOMILÍA)

2015-07-07 20:51:00
Papa Francisco en Ecuador
4670

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En la bendición final, el Vicario de Cristo instó a la verdadera unión entre hermanos, además, una vez más pidió a los presentes rezar por él

Después de recorrer por alrededor de 15 minutos el parque Bicentenario, en donde se ubicaron los fieles para presenciar la celebración eucarística del Papa Francisco, el Sumo Pontífice dio inició a la segunda misa en Ecuador. Durante la homilía, el Santo Padre resaltó la importancia de la evangelización para la unidad del mundo. Destacó que es ahí el "hermoso desafío de la evangelización. No desde palabras altisonantes, ni con términos complicados, sino que nazca de la alegría del Evangelio".

En el templete instalado en el Parque Bicentenario se instaló el altar, en el que el Santo Padre se ubicó junto a los concelebrantes de la Santa Misa. La silla que utilizó, es la misma en la que se sentó hace treinta años el Papa Juan Pablo Segundo.

Mientras se realizó la procesión de entrada, el coro entonó distintos cánticos religiosos. El Salmo fue cantado por el reconocido barítono guayaquileño, especialista en canto lírico, Andrés Lozano.

La Primera Lectura fue tomada del libro de Isaías 60:1-6, la misma que estuvo a cargo de Lucía Salgado.

Para mostrar que Ecuador es un país megadiverso, la Segunda Lectura fue en quichua.

Tiempo después, se dio paso a la lectura del Sagrado Evangelio tomado del libro de San Juan 17, 11-17-23. Una vez concluida la Palabra de Dios, el Diácono llevó hacia el Papa Francisco la Biblia para que él la bese y realice la señal de la santa cruz con ella. Además se realizó la incieciación de libro.

El momento más representativo de la Eucaristía fue la Homilía, en la que el Santo Padre destacó distintos aspectos. Al concluir, se guardó un minuto de silencio para la reflexión de los feligreses.

En la Liturgia de la Eucaristía, varias personas dieron lectura a las peticiones, una dirigida a la Iglesia, otra al Papa Francisco, obispos y diáconos, asimismo se pidió por los enfermos y por la sociedad en general.

 El Papa Francisco consagró el pan y el vino que se transforman en el cuerpo y sangre de Jesucristo. La comunión fue dada por sacerdotes religiosas y ministros de la comunión, se calcula que aproximadamente 300 mil fieles recibieron la comunión.

El Monseñor Fausto Trávez agradeció la unión entre la Iglesia y el Gobierno ecuatoriano para lograr la visita pastoral del Papa Francisco. “Escuchamos en sus palabras la misma voz de Dios y de la Iglesia”, comentó.

Además, el Monseñor expresó: “Sabemos que sus palabras están llenas de la acción del espíritu Santo cuando su Santidad no habla de amor, de fraternidad y de ternura”

“Santo Padre, los ecuatorianos, pastores y fieles sabemos que sus mensajes nos confirma la fe en la Iglesia”, dijo Monseñor Trávez quien con un “Dios le pague” agradeció al Papa argentino.

Finalmente, el Sumo Pontífice dio la bendición a todos los asistentes que llegaron hasta el Parque Bicentenario, en el norte de Quito.

A continuación el texto Original de Homilía del Papa Francisco en Quito:

La palabra de Dios nos invita a vivir la unidad para que el mundo crea.

Me imagino ese susurro de Jesús en la última Cena como un grito en esta misa que celebramos el <>. El Bicentenario de aquel Grito de Independencia de Hispanoamérica. Ése fue un grito, nacido de la conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos y saqueados, <> (Evangelii gaudium 213).

Quisiera que hoy los dos gritos concorden bajo el hermoso desafío de la evangelización. No desde palabras altisonantes, ni con términos complicados, sino que nazca de <>, que <> (Evangelii gaudium 1). Nosotros, aquí reunidos, todos juntos alrededor de la mesa con Jesús somos un grito, un clamor nacido de la convicción que su presencia nos impulsa a la unidad, <> (Evangelii gaudium 14).

<>, así lo deseó mirando al cielo. A Jesús le brota este pedido en un contexto de envío: Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. En ese momento, el Señor experimenta en carne propia lo peorcito de este mundo al que ama, aun así, con locura: intrigas, desconfianzas, traición, pero no esconde la cabeza, no se lamenta. También nosotros constatamos a diario que vivimos en un mundo lacerado por las guerras y la violencia. Sería superficial pensar que la división y el odio afectan sólo a las tensiones entre los países o grupos sociales. En realidad, son manifestación de ese <> que nos separa y nos enfrenta (cf. Evangelii gaudium 99), de la herida del pecado en el corazón de las personas, cuyas consecuencias sufre también la sociedad y la creación  entera. Precisamente, a este mundo desafiante, Jesús nos envía, y nuestra respuesta no es hacernos los distraídos, argüir que no tenemos medios o que la realidad nos sobrepasa. Nuestra respuesta repite el clamor de Jesús y acepta la gracia y la tarea de la unidad.

A aquel grito de libertad prorrumpido hace poco más de 200 años no le falto convicción ni fuerza, pero la historia nos cuenta que sólo fue contundente cuando dejó de lado los personalismos, el afán de liderazgos únicos, la falta de comprensión de otros procesos libertarios con características distintas pero no por eso antagónicas.

Y la evangelización puede ser vehículo de unidad de aspiraciones, sensibilidades, ilusiones y hasta de ciertas utopías. Claro que sí: eso creemos y eso gritamos. Ya dije: <> (Evangelii gaudium 67). El anhelo de unidad supone la dulce y confortadora alegría de evangelizar, la convicción de tener un inmenso bien que comunicar, y que comunicándolo, se arraiga; y cualquier persona que haya vivido esta experiencia adquiere más sensibilidad para las necesidades de los demás (cf. Evangelii gaudium 9). De ahí, la necesidad de luchar por la inclusión a todos los niveles, evitando egoísmos, promoviendo la comunicación y el diálogo, incentivando la colaboración. Hay que confiar el corazón al compañero de camino sin recelos, sin desconfianzas. <> (Evangelii gaudium 244), es impensable que brille la unidad si la mundanidad espiritual nos hace estar en guerra entre nosotros, en una búsqueda estéril de poder, prestigio, placer o seguridad económica.

Esta unidad es ya una acción misionera <>. La evangelización no consiste en hacer proselitismo, sino en atraer con nuestro testimonio a los alejados, en acercarse humildemente a decirles: <> (Evangelii gaudium 113).

La misión de la Iglesia, como sacramento de la salvación, condice con su identidad como Pueblo en camino, con vocación de incorporar en su marcha a todas las naciones de la tierra. Cuanto más intensa es la comunión entre nosotros, tanto más se ve favorecida la misión (cf. Juan Pablo II, Pastores gregis, 22). Poner a la Iglesia en estado de misión nos pide recrear la comunión pues no se trata ya de una acción sólo hacia afuera… nos misionamos hacia adentro y misionamos hacia afuera manifestándonos como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera>> (Aparecida 370).

Este sueño de Jesús es posible porque nos ha consagrado, por <> (Jn 17,19). La vida espiritual del evangelizador nace de esta verdad tan honda, que no se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio; Jesús nos consagra para suscitar un encuentro personal con Él, que alimenta el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión evangelizadora (Cf. Evangelii gaudium 78).

La intimidad de Dios, para nosotros incomprensible, se nos revela con imágenes que nos hablan de comunión, comunicación, donación, amor. Por eso la unión que pide Jesús no es uniformidad sino la <> (Evangelii gaudium 117). La inmensa riqueza de lo variado, lo múltiple que alcanza la unidad cada vez que hacemos memoria de aquel jueves santo, nos aleja de la tentación de propuestas más cercanas a dictaduras, ideologías o sectarismos. Tampoco es un arreglo hecho a nuestra medida, en el que nosotros ponemos las condiciones, elegimos los integrantes y excluimos a los demás. Jesús reza para que formemos parte de una gran familia, en la que Dios es nuestro Padre y todos nosotros somos hermanos. Esto no se fundamenta en tener los mismos gustos, las mismas inquietudes, los mismos talentos. Somos hermanos porque, por amor, Dios nos ha creado y nos ha destinado, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos (cf. Ef 1,5). Somos hermanos porque <> (Ga 4,6). Somos hermanos porque, justificados por la sangre de Cristo Jesús (cf. Rm 5,9), hemos pasado de la muerte a la vida haciéndonos <> de la promesa (cf. Ga 3,26-29; Rm 8, 17). Esa es la salvación que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia: formar parte del <> divino.

Nuestro grito, en este lugar que recuerda aquel primero de libertad, actualiza el de San Pablo: <<¡Ay de mí si no evangelizo!>> (1 Co 9,16). Es tan urgente y apremiante como el de aquellos deseos de independencia. Tiene una similar fascinación, el mismo fuego que atrae. ¡Sean un testimonio de comunión fraterna que se vuelve resplandeciente!

Que lindo sería que todos puedan admirar cómo nos cuidamos unos a otros. Cómo mutuamente nos damos aliento y cómo nos acompañamos. El don sí es el que establece la relación interpersonal que no genera dando <>, sino dándose a uno mismo. En cualquier donación se ofrece la propia persona. <> significa dejar actuar en sí mismo toda la potencia del amor que es el Espíritu de Dios y así dar paso a su fuerza creadora. Donándose el hombre vuelve a encontrarse a sí mismo con su verdadera identidad de hijo de Dios, semejante al Padre y, como él, dador de vida, hermano de Jesús, del cual da testimonio. Eso es evangelizar, ésa es nuestra revolución –porque nuestra fe siempre es revolucionaria-, ése es nuestro más profundo y constante grito.

(JPM) (DRT)

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