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Edición #4866 |  Ecuador, sábado, 20 de enero de 2018 |  Ver Ediciones Anteriores
urgente

PERIODISTAS: ¿CUÁNDO HAREMOS EL MEMORIAL DE AGRAVIOS“

2006-01-05 09:24:52
Análisis
8382

Ecuamex / FHA

En la celebración del Día del Periodista Ecuatoriano, este 5 de enero, con ocasión de la remembranza de la publicación del primer periódico ecuatoriano, "Primicias de la Cultura de Quito", del indio Chuzig (Eugenio Espejo), es quizás el mejor momento para apuntar con nuestras palabras al sentimiento del gremio, al que la pertenencia nos obliga a la reflexión continua y, en este caso, a la auto crítica sensata, que busca la corrección de los malos andares en los que hemos incurrido como prensa ecuatoriana.
Se ha oído en todo este tiempo de agitación turbulenta en la política nacional el que se exigen cambios a todos los sectores, y es la prensa la que los pide, pero no se ha escuchado una sola palabra que diga con franqueza, ¿Y la prensa de Ecuador, no piensa cambiar, corregir sus errores y variar su comportamiento? ¿Será acaso que no nos sentimos culpables en parte del caos nacional o es que no queremos dejar de ser un “poder sobre el poder” en el que a veces nos hemos convertido?

Es indudable la gran influencia de la prensa en los acontecimientos de una sociedad, a momentos hasta puede llegar a enrumbar la historia o torcer los caminos, aupados en el mezquino juego de intereses, en el que por cierto y con toda la culpa han caído algunos medios de comunicación y sus propietarios.

Para el caso, ha de ser justo que los periodistas evaluemos con seriedad cuánta responsabilidad tenemos en el proceso de destrucción de las instituciones del Ecuador. Quizás, sin percibirlo a veces y, en otras, con un calculado sentido de perversidad, hemos ido echando leña al fuego para encender la hoguera de las pasiones políticas, muchas de ellas desatadas en forma injusta.

Creo que nunca hemos juzgado el efecto que producen las generalizaciones que forman parte de nuestro lenguaje diario, influenciado de tal manera en el ecuatoriano común para que amanezca odiando, a todos y a todo; sea al Estado Nacional y sus organismos, sea a sus líderes políticos y representaciones, sea a la autoridad y sus decisiones, sea al accionar de cualquier otro, al que lo censuramos con dureza por el mero hecho de hacerlo o serlo. Todo eso es una especie de reacción de odio colectivo incentivado en el compatriota, sea porque lo escucha en la radio, porque lo mira en la televisión, lo exprime con sangre de los periódicos o se lo apura en el Internet.

El perverso “torneo de las descalificaciones” en las cuales caemos todos los ecuatorianos con frecuencia, es en gran parte culpa de la prensa y sus medios de comunicación. Sí. Hagamos “mea culpa” de ello, porque entre las palabras afiladas hemos acusado, sancionado y sentenciado a muchos, por no decir a todos, y luego, hemos dejado muchos casos impunes, porque no tuvimos la entereza del seguimiento obligatorio hasta el desenlace justiciero; admitamos que por ese tipo de negligencias hemos contribuido a la amnesia colectiva, para acusar luego a la nación de desmemoriada.

Hemos propiciado una torpe “carrera de destrucción de la honra ajena”, abriendo los micrófonos de manera irresponsable para que se viertan una desenfrenada cantidad de insultos procaces, y si no somos nosotros mismos quienes actuamos en forma tan perniciosa, pues nos escudamos en el “derecho de la libertad de expresión” para que el maltrato sea colectivo, y con lo cual caen por los suelos el honor de quienes están marcados por una cantidad de insultos lenguaraces de quienes no tienen en su esquema el valor del respeto al derecho ajeno.

Sí, hagamos ese “mea culpa” para admitir que hemos ayudado a agravar la crisis institucional de la nación ecuatoriana, al priorizar el escándalo sobre el equilibrio y la objetividad informativa, propiciando una tendencia a maximizar los errores y minimizar los aciertos, en todo y contra todos. De eso nos culpa la sociedad ecuatoriana, y no le falta razón, por haberle acostumbrado a que compre más periódicos por el volumen de incidentes, o nos hayamos vuelto “esclavos del raiting” que da en mayor volumen el proyectar las actitudes aleves por encima de las virtudes colectivas.

No sé si en el interior de los medios, de las salas de redacción, de las gerencias informativas o de los cotidianos reporteriles se mide el impacto funesto que tienen las disposiciones de los propietarios o directivos de los medios que imponen su escala para determinar “quien va y quien no va”, dependiendo más del hígado regordete o las bilis del “dueño del medio” antes que la honestidad de la noticia.

¿Sabremos con precisión cuántas listas negras o grupos de innombrables se tiene en los medios? ¿Podremos establecer con precisión cuánto daño le ha hecho a la democracia ecuatoriana el “odio del dueño” de tal o cual medio de comunicación? ¿Será que algún día admitamos que hay hechos que fueron magnificados porque cruzaban “negocios vinculados” con el grupo propietario de la gran o pequeña prensa? Hay mucho que reconocer antes que negar esto que es evidente y que duele por dentro en el periodismo nacional.

Nunca hemos evaluado el daño que está causando el germen de violencia que motivamos a diario, explotando con “tintasangre” las miserias humanas de la sociedad ecuatoriana; no hemos sido capaces de parar con una actitud severa el incentivo del racismo o la exclusión que impera en los medios, en especial con la situación política última; tampoco hemos frenado con una actitud decente el manipuleo de los medios y noticias para convertir en los “únicos actores” de la historia a un grupo repetitivo, que de pantalla en pantalla todas la mañanas, asumiendo un espacio exclusivista y elitesco, que se disputa el poder a dentelladas en medio de corruptelas, y que le tiene atada a la nación entera. No hemos salido de ese “circulo pernicioso”

Con un sentido de irresponsable arrogancia, nos sentimos incriticables, y hemos llegado a los extremos de la persecución premeditada contra quienes optan por reclamarnos ante tales acciones negativas. Jamás hemos hecho una jornada de valoración de lo que somos, y menos si consideramos que más que respetarnos se nos teme, justamente por esa lesiva posición de no permitir a los demás que opinen sobre nuestra labor.

Tan grave es este hecho, que la aplicación del Derecho de Réplica, una de las Garantías Constitucionales más valiosas a favor del ciudadano, no es válida ni aplicable en la mayoría de los medios, donde se echa al cesto de la basura el reclamo y casi nunca se publica la debida rectificación. Ese comportamiento abusivo lo hemos sufrido en carne propia.

Admitamos que hemos contribuido con el ejemplo de la intolerancia en nuestros espacios ante la ciudadanía, sintiéndonos en algunos casos “dueños de la verdad”. De nuestras palabras se vierten una serie de posiciones, consejos, decisiones, imposiciones, acciones y sanciones de lo que el gobernante, empleado, funcionario o ciudadano “tiene que hacer”. Pero en un sinfín de ocasiones no respetamos lo hecho ni actuado, “aunque sea bueno”, midiendo con vara de mercader la forma como se convive en la nación.

Estupendos para sugerir, a la hora de cumplir con un papel frente a la historia callamos, rehuimos responsabilidades y nos vamos por el atajo cómodo de evadir el construir algo, ya que es más fácil estar a la vera del camino censurando y atacando, antes que apoyando a algo o a alguien. ¿No nos hemos dado cuenta que ese es el espectáculo bochornoso que damos a diario?

No creo que hemos dimensionado el hecho de que abusamos de los derechos ciudadanos máximos de la sociedad, de los que usufructuamos los de la prensa, tales como la libertad de opinión e información, y en nombre de las mentadas garantías hemos ido en una escalada absurda arrasando violentamente contra la respetabilidad de las leyes y por ende la institucionalidad.

Para el caso, ¿no se violenta en la nación, en sus medios como la prensa, radio o televisión, la ley de ejercicio profesional del periodista? Ay de aquel que se le ocurra reclamar el cumplimiento de una ley, su persecución es segura. No cumplir con las leyes es el más grave acto de corrupción y de eso se hallan infectos los medios de comunicación ecuatorianos, porque hay una ley, que por cierto no es del gusto de algunos propietarios de los medios, pero es una ley y debería cumplirse y lo menos que se hace es evadir a la misma de cualquier manera. Ese drama silencioso de violación ya ha cobrado un sinfín de víctimas, me incluyo en esa lista.

Bajo el imperio de la violación de las leyes se ha consagrado al “empirismo” como uno de los peores males que tenemos en las filas de la prensa. Muchos de quienes defienden el peregrino criterio de que “el periodista nace” desprecian la formación académica de las universidades nacionales y postergan el conocimiento en los comunicadores.

Estimulando ese “haber nacido periodista” se creen “García Márquez o Vargas Llosas” y generan un favoritismo por quienes “no son periodistas profesionales” para aupar el atropello de las disposiciones legales, por lo que se inventan declaraciones continentales y abusan del privilegio de tener un medio para censurar a quien no se adhiere a las mismas, rechazando desde “sus” gremios el que los periodistas nos asociemos.

Resultado de ello: un pobre nivel con el que se trata a la profesión del periodista, y de paso, el regar constante de la ignorancia o desconocimiento de las normas elementales del respeto al derecho.

No se sabe cuándo fue que nos dieron la “patente de corzo” para imponer nuestras ignorancias en la sociedad, fomentar la incultura y esparcir el desconocimiento.

No aceptamos que “no lo sabemos todo” y con frecuencia opinamos con severidad y certeza hasta de lo que no debemos, pero total, amparados en una supuesta liberalidad llegamos a extremos increíbles de reclamar al aire o por escrito de conductas que sí respetan las leyes, bajo el pretexto de que no son “populares”. Hay unos cuantos casos de esperpentos regados por ahí.

El colmo de los colmos es el que, como prensa, nos sintamos con mayores derechos que los demás ciudadanos. Para prueba queda como baldón la torpe afirmación que dieran los gremios de los propietarios de los medios a la entrada del Palacio de Gobierno, al afirmar que “el derecho de la prensa esta por encima del derecho a la intimidad de las personas”. Tal disparate solo merece una expresión de censura, porque dentro de la filosofía del derecho, un derecho no debe imponerse sobre otro, porque deja de ser tal. Esa no es la lógica con la que se reacciona para sentirse “intocable”, y solo demuestra el espíritu de “casta” con el que se quiere que se nos trate a la prensa, lo cual es inadmisible en una sociedad en la cual se supone se debe legislar para conducir en forma adecuada la conducta de sus ciudadanos en igualdad de condiciones.

Si esta última afirmación no es cierta, sería interesante que algunos medios centenarios, cincuentenarios, asi como otros de poca data y menos monta, se pregunten sobre su respetabilidad de las leyes y valoración del marco legal ante la propia sociedad a la que dicen defender. Si no es así entonces, ¿cuántos golpes de Estado han apoyado, azuzado, levantado e inventado? ¿No es eso una violación a la Constitución, al Código Penal y a las disposiciones de la normatividad legal de la nación? La respuesta es la medida de cuanto hemos hecho por dañar la institucionalidad de esta República.

A todo lo anterior, se suma al pésimo manejo editorial de los medios, donde el editor profesional, duro y objetivo, ha dejado su espacio al empleado complaciente que no hace ningún proceso de segregación de la hojarasca informativa respecto de lo verdaderamente importante para la sociedad a la que se informa.

Henry D. Thoreau, decía implacablemente: “No sin un leve temblor de miedo, a menudo me doy cuenta de la facilidad con la que mi mente admite los detalles de cualquier asunto trivial, las noticias de la calle; y me asusta observar con qué facilidad la gente abarrota sus mentes con tales basuras y deja que rumores e incidentes ociosos e insignificantes se introduzcan en un terreno que debiera ser sagrado para el pensamiento.

Este cúmulo de reflexiones tiene un solo objetivo: Levantar nuestra conciencia, justo en el día del periodista, para asumir nuestra responsabilidad sobre los daños causados a la institucionalidad del Ecuador.

Para sanar hay que operar y para eso hay que sangrar. Admitamos que desde la prensa del País tenemos mucha culpa sobre lo que estamos viviendo, y ya es hora de que comencemos -al menos nosotros- por reconocer los males causados, para poder encontrar los remedios necesarios. Cerrarnos a la razón solo nos conduce a grandes pasos al cadalso de la historia.

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ECUAMEX Agencia Electrónica de Noticias de Ecuadorinmediato.com
Dr. FRANCISCO HERRERA ARAUZ Periodista, Politólogo, Abogado
Director del periódico Ecuadorinmediato.com, y la Agencia de Noticias Ecuamex.
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