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Edición #4501 |  Ecuador, domingo, 10 de diciembre de 2017 |  Ver Ediciones Anteriores
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ECUADOR: EN LA LÓGICA DEL VENGADOR

2013-05-24 20:31:00
Análisis
8233

Por FHA/Ecuamex

El triunfo aplastante de Rafael Vicente Correa Delgado en las elecciones generales de 2013, con una popularidad cercana al 86% al momento de asumir un nuevo período presidencial, es motivo de un análisis profundo sobre tales resultados. Pero, quizás sería mejor, para entender lo que está pasando en Ecuador, que se vuelca tan entregado a la opción de izquierda, el revisar los porqués de esta victoria, con lo que quizá se llegue a la conclusión de que esta nación ha operado bajo un síndrome político reactivo, que puede ser calificado como de "El Vengador".

Parto de una afirmación: por todo lo que le hicieron a la sociedad ecuatoriana, “en Ecuador no elige presidente, se elige un vengador”. La aseveración es mía y corresponde a mi análisis, pero no deja de ser tomada de ejemplos nacionales, como el caso del periódico en tiempos garcianos que llevó tal nombre.

Vengador. ¿De qué o por qué?

Los últimos 27 años (1979-2006), desde la reinstalación de la democracia en Ecuador, significaron un bochornoso espectáculo político para toda la nación.

Por las malas artes de nuestra clase dirigente, que se enquistó en el poder desde 1979, todo da a entender que se hicieron esfuerzos muy graves por destruir a la sociedad en su conjunto, hasta querer dejarnos sin patria y sin Estado nacional.

Da toda la impresión en la memoria colectiva que, en forma vergonzosa, se destruyó a la nación. La corrupción invadió a los gobiernos, el Congreso era un centro del tráfico de leyes contra el pueblo, con la destrucción de honras y juicios políticos indignos. La justicia se ferió a control del “dueño del país”. La economía era manejada para servir a la deuda externa, los “paquetazos” o ajustes eran mandados por el FMI, que nos sometieron a una especie de esclavitud miserable. El sistema financiero abusó de la nación a través una explotación inmisericorde, hasta robarle su dinero con actos como el del feriado bancario, fruto del latronicio y la ambición de los banqueros, quienes le robaron a todo el Ecuador miles de millones de dólares.

Los negociados eran escándalo diario. El servicio público en Ecuador no existía para el ciudadano, que fue tratado con desprecio. Los sindicatos eran parcelas de poder de grupúsculos directivos que promovieron el abuso del erario nacional, dando prebendas a sus adláteres a costa del pueblo, que tuvo que soportar sus excesos. La educación era parte del botín político controlado por un partido, las universidades se convirtieron en pulperías para venta de títulos. Las aduanas eran rematadas al mejor postor como parte de la cuota legislativa. Los fondos nacionales eran repartidos en forma grosera, con las coimas de por medio. Los paros de la educación, de la salud, de los pueblos y nacionalidades indígenas y de los sindicatos fueron usados como arma de chantaje, jamás de superación.

La infraestructura física de la nación siempre estaba en soletas, fruto de la corrupción en la construcción de la misma. El poco patrimonio de empresas o servicios públicos se disputó a dentelladas por quienes buscaron pasarlas al sector privado para su explotación, comprobando con certeza el aserto de que habían logrado convencer de que “todo lo estatal era malo”, sin considerar que la nación los veía con la certeza, en respuesta, de que “todo privatizador es corrupto”. Mientras tanto que no habían carreteras, escuelas o servicios básicos, como agua potable o alcantarillado; los hospitales eran un monumento ofensivo al maltrato al ecuatoriano, quien tenía que tragárselas en silencio y con rabia tales carencias, abusos o malos tratos.

Poco a poco dejaron en pedazos al Estado. Sin Patria. Sin Nación. La sociedad ecuatoriana en su conjunto creció con esta crisis en estos años de “democracia”, sin encontrar respuestas a sus exigencias de construir una nación justa y equitativa, digna.

De este análisis, de los elegidos (aclaro y enfatizo, de los elegidos), en mi criterio, únicamente salvo a Rodrigo Borja (1988-1992), por considerarlo políticamente como el último presidente estable, respetable, con nivel ideológico y sentido de Estado para Ecuador, un verdadero lunar en toda esa vorágine de crisis que fue sometido el país.

Se puede decir que durante el humillante gobierno de León Febres Cordero (1984-1988) se destruyó la poca unidad nacional que existía. El momento en que se alzó la avioneta con el vicepresidente de la República, Alberto Dahik, en 1995, perseguido por sus ex socios, los socialcristianos, se fue llevando un buen pedazo de la institucionalidad nacional, ya que el régimen de Sixto Durán Ballén (1992-1996) puede ser juzgado como el que mayores intentos hizo para generar esa destrucción del Estado, para dárselo al manejo privado. Y eso trajo consecuencias posteriores, como la inestabilidad violenta para la frágil democracia ecuatoriana (1996-2006), que sería promovida por toda una tendencia social que decidió salir en defensa de sus derechos violentados por los gobernantes o la clase dirigente, que obligó a la movilización nacional.

No he visto en ninguno de los análisis que hace la clase política ecuatoriana alguna consideración a la conformación de un gran grupo social que insurgió en el Ecuador de estos días y que, quizás, pueda ser calificada para el análisis metodológico como la “clase ciudadana”, que viene a representar a una masa importante de la sociedad ecuatoriana. Nadie analiza las consecuencias que trajo tan mala dirección del Estado ecuatoriano.

Crecidos en el “boom petrolero” (los años 70), muchos de quienes formamos parte de esa “clase ciudadana” recibimos una formación política adecuada, en medio de la movilización y el fortalecimiento de un concepto ideológico de la centro-izquierda nacional. Ubicados en distintos sectores como: los barrios, las familias, las organizaciones sociales, estudiantiles, universitarias, sindicatos obreros, movimientos juveniles, de mujeres, las comunidades indígenas, ligas barriales, filas militares y de la iglesia, en las comunidades eclesiales de base, se fueron agrupando todos estos años, soportando la molicie politiquera, viendo cómo sus derechos eran destruidos, sus recursos robados, su papel como ciudadanos desplazado. De veras que en estos años esta clase ha sido multiplicada por miles de ecuatorianos, todos con un sentimiento de duro rechazo a la forma como destruyó la nación la dirigencia impuesta por la negociación política, antes que por la voluntad popular, y en todos hay un factor común: haber sido excluidos, relegados de las decisiones por una élite que jamás quiso aceptar su presencia en la política nacional. Les costó caro el desprecio.

El sentimiento de venganza contra la clase política se vio agitado con la llegada al poder de Abdalá Bucaram (1996-1997). Era un rechazo a la figura y lo que representaba el presidente elegido, y fue mucha gente la que se movilizó para acabar con el régimen elegido del populista-roldosista, a riesgo de atentar contra el sistema democrático. Las consecuencias estuvieron a la vista, ya que, históricamente, todavía causa repulsión ver a “la camioneta” como una indigna representación del comportamiento del hampa de la política nacional, en la que se ven a todos, absolutamente a todos los partidos políticos, disputándose el poder que lo habían perdido en las urnas, y que se había exigido que sea reivindicado para la masa ciudadana, no para la clase política dirigente.

En los sectores de la clase ciudadana se activó entonces un proceso de rebeldía insurgente lógico, ya que su lucha por la dignidad nacional le había sido arrebatada. Más allá de ello, en las siguientes elecciones la gente consideró que podría usar el “poder del voto” para llevar al poder en forma sucesiva a quienes representaban el “anti stablishment”. La creencia habla de un triunfo de Álvaro Noboa (PRIAN) sobre Jamil Mahuad (1998-2000), aún en medio de sus escándalos por su decisión de no pagar impuestos; sin embargo, por arte de “no sé quién”, se le arrebataron los votos a Noboa, al punto de que se determinó que se imponga la presidencia a Mahuad, para concretar en forma vergonzosa el peor atraco que ha sufrido la nación, un robo miserable de los ahorros de la gente, con una quiebra bancaria en 1999, que nos sacó de lo bolsillos a todos ni más ni menos que más de 9 mil millones de dólares.

Con ese mismo poder del voto, la gente llevó a Carondelet a Lucio Gutiérrez (2003-2005), pero sin duda que fue un mal momento de incomprensión histórica para él mismo, que parece que no entendió para qué fue elegido, y por ello cayó en el trágico error de traicionar a las bases que ayudaron a llegar al poder y no pudo enfrentar a esas fuerzas que habían destruido a la confianza pública en la nación. Tuvo que salir tan pronto como llegó, sin cumplir con su obligación de castigar a los culpables del desastre nacional que la nación le exigía a gritos, muy por el contrario, pactó con ellos y terminaron desechándolo.

Había motivos más que suficientes para estallar, porque en medio de esta vorágine de poder corruto y corruptor creció una muchedumbre política con un grado de conciencia propia, que no aceptó jamás esta actitud de su clase dirigente: esa de delinquir y quedar en la impunidad. Sin duda alguna en los espacios ciudadanos se acrecentó una urgencia de castigo, que se constituyó poco a poco en fuerza, que reclamaba un país distinto, con rebeldía para que se sancione a todos aquellos que habían jodido a la sociedad ecuatoriana en su conjunto, a pretexto de “democracia”.

Tengo la impresión de que la clase política, los analistas y los medios, no entendieron que en ese momento la gente no quería elegir presidente, sino “elegir un vengador” que cobre deudas, que castigue delitos, que sancione inmoralidades, que no permita que se le siga chantajeando desde los gremios a pretextos de “lucha social”, paralizando los servicios, destruyendo la educación, y que cambie el Congreso Nacional, fiel reflejo del colapso del sistema. Y quizás no lo entendieron porque no estaban conectados con la gente; sus informes eran falsos, sus encuestas inexactas y sus análisis errados o sesgados. El hartazgo popular contra la clase dirigente ecuatoriana había llegado al tope.

Una de las habilidades del candidato Rafael Correa (2007-2013) y del grupo que le acompañó en la campaña del 2006, fue leer el momento político y captar esa necesidad de la masa electoral que clamaba castigo. Sí, así como lo leen: ¡Castigo! Para que no lleguen los mismos actores del desastre y que la nueva nación tenga una moral respetable. Es más que conocido que con ese programa político llegó AP: a satisfacer esa necesidad de vengar a la sociedad nacional, para lo cual debía darle un marco político a la ciudadanía y utilizó la misma fuerza de la caída del sistema para apuntalar un proceso, cambiando la matriz política de la nación; es decir, pasar de la fracasada democracia representativa a la democracia participativa, invocando el nombre de “Revolución Ciudadana”.

Si se revisa el discurso y la praxis del presidente Correa a lo largo del tiempo de su gobierno, se podrá encontrar que su enfrentamiento principal inicialmente fue contra tres grandes sectores: la clase pudiente, entre empresarial y potentada (pelucones); la banca y sus secuelas del feriado bancario (bancocracia); y, la clase política dirigente (partidocracia), que fueron identificadas por el colectivo general como los principales culpables de la crisis ecuatoriana.

En el caso de la prensa, algunos de los sectores empresariales de la comunicación, así como unos cuantos comunicadores sociales, asumieron la pose de opositores ideológicos, porque así lo decidieron –tomándose el nombre de todos– y se subieron al ring ni bien estrenado el gobierno, para darle pelea. Recuérdese que fue un comunicado denominado “Intolerable”, del 8 de marzo de 2007, el que abrió el frente de batalla, con lo cual se incorporó de manera directa como blanco señalado por la ciudadanía como otro de los grandes culpables de la tragedia nacional. Desde esta parte de la prensa no se tomó en cuenta que existen acumulados demasiados errores y mucho resentimiento de la opinión pública, otra vez por la exclusión y atentados contra la honra de las personas.

Es decir, Rafael Correa tenía bien claro con quien se enfrentaba y su accionar político fue dirigido con ese empeño. Aplicando políticas públicas, adoptando decisiones duras y radicales para ajustar a esos sectores y con el afán de reconstruir los escombros en los que había dejado el neo-liberalismo, optimizó su mensaje atacando a quienes se oponían a su manejo político-económico-ideológico, hasta identificarlos como los causantes de este desastre y lograr el respaldo popular, que se sentía vengado al fin. El mandatario supo cautivar el apoyo con sus acciones devolviendo a la masa ciudadana el sentido del Estado nacional, frente a los afanes de privatizar a la nación para dejar a un Ecuador sin patria, con ese discurso demoledor que llegó al fondo de la cuestión.

Tal parece que los que no entendieron el porqué se veían envueltos en ese discurso que los destrozaba fueron sus opositores, quienes hasta ahora, al parecer, no aceptan ser rechazados de tal manera, que por más que insistan en exaltar los errores del mandatario ecuatoriano, y por más gruesos que sean, no consiguen afectarlo. Y es que para la gente común, muchos de los dirigentes de la oposición son culpables por acción u omisión, todos huelen a sospecha, todos vieron o hicieron y por eso son culpados y culpables. No, creo que no lo entendieron, y cuando se fijaron en las urnas y sus resultados, parece que recién sienten los efectos de esta venganza nacional.

A todo esto debe sumarse el hecho evidente de que a Rafael Correa le surgió un quinto sector para vengarse y del cual la gente también tenía puesta la mira para reclamar sanciones: la clase dirigente de los sectores sociales, sindicales y políticos. El grave deterioro de la educación o el servicio público los puso como culpables a estos por parte de la población que los vio con desagrado junto a Rafael Correa, como en efecto estuvieron en un principio. El Presidente tuvo que tomar distancia y hasta conflictuarse con ellos para dar a entender que no había pactado impunidad por apoyo y poder aplicar las correcciones en esos sectores. Venganza frente a la impunidad reinante en estos espacios fue la mejor respuesta.

¿Le dio resultado esta “lógica del vengador” al Presidente? Evidentemente que sí. Ha podido gobernar en medio de la controversia, de la que ha salido airoso con una política de comunicación muy efectiva, sumado al mensaje inclusivo, que explota la esperanza como cuota elevada de participación de las masas ciudadanas, lo que le da una imagen de aceptación de más de un 80%, según encuestadoras diversas; y con recursos económicos en cantidades apreciables, como nunca antes ha registrado Ecuador, lo que le ha generado la imagen de un gobernante efectivo, constructor y responsable, que beneficia a las grandes capas sociales que nunca antes recibieron nada del Estado.

Una prueba más de satisfacción de esa posición del “espíritu del vengador” está en la conquista de los espacios políticos y el control de las agrupaciones que congregaban a esas masas, desde la propia izquierda, al haberles arrebatado el discurso y conformar una potente agrupación del “poder ciudadano”, que rechaza a estas viejas dirigencias, al tiempo de lograr una votación respetable que rebasa el 57% en las últimas elecciones y un bloque sólido de 100 asambleístas en el Parlamento de Ecuador, que nunca antes la centro-izquierda lo había logrado. Eso implica que para la gran población electoral hay un sentido de coherencia entre lo que le escuchó al mandatario y lo que le vio hacer, dando un resultado altamente valorado en las urnas.

¿Se siente lo suficientemente vengada la población de su clase dirigente? Da la impresión de que sí, pero no ha dejado de vigilar el que se cierren todos los espacios a los culpables y que no se permita su regreso o, que no haya un solo resquicio de oportunidades para estos. Por eso, quizás aplaude con entusiasmo el control casi absoluto del poder por parte de AP, a la espera de que Correa no los traicione o, al menos, no decaiga en ese ánimo de no dejar sin castigo a los que tanto daño le hicieron a la democracia de antes y que no es posible imponerla ahora.

Al final, ¿da para un nuevo gobierno esa “lógica del vengador”? Quién sabe; el discurso parece agotarse ante la necesidad urgente de captar nuevos espacios que privilegien su esquema de crecimiento económico para los próximo años, con lo cual el cambio de la matriz ya no es político sino productivo, por lo que la venganza puede ser remplazada por la satisfacción de las necesidades siempre urgentes del Ecuador, que ansía ahora mejores días, después de haber castigado a los impunes políticos de los últimos 27 años de desgracia nacional.

ECUAMEX Agencia Ecuatoriana de Noticias Ecuador - Medios en el exterior
FHA: Francisco Herrera Aráuz - Periodista, abogado. Director de Ecuadorinmediato.com  @2013

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