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Edición #4866 |  Ecuador, lunes, 23 de abril de 2018 |  Ver Ediciones Anteriores
urgente

Historiador censura libros publicados por Municipio de Guayaquil, porque atacan a Quito y distorsionan historia ecuatoriana

2009-04-23 09:09:49
Documentos
9317

Graves errores, omisiones o criterios prejuiciados son entregados a niños guayaquileños por textos municipales

El director del Taller de Historia Económica de Ecuador, de la pontificia Universidad Católica de Quito (PUCE), el historiador Juan Paz y Miño, denunció hoy, en un importante texto de correción, la existencia de graves distorsiones y ataques a la capital de Ecuador, Quito, en los textos  titulados “Historia de Guayaquil”, cuyos autores son Melvin Hoyos Galarza y Efrén Rafael Avilés Pino. La obra forma parte del programa municipal "Aprendamos”, que es de distribución gratuita y lleva una carta de presentación de Jaime Nebot Saadi, Alcalde de Guayaquil. El libro es entregado con estas afecciones históricas a los niños guayaquileños, tal como lo denuncia el prestigioso historiador. Por la importancia del tema, entregamos a ustedes el texto completo de la denuncia del Dr. Paz y Miño, para conocimiento de los lectores del país y de Ecuadorinmediato.com.
UNA “HISTORIA DE GUAYAQUIL” ANTE EL TRIBUNAL DE LA HISTORIA DEL ECUADOR
Juan J. Paz y Miño Cepeda
Doctor en Historia. Individuo de Número
de la Academia Nacional de Historia

El Municipio de Guayaquil ha publicado, en 2008, el libro titulado “Historia de Guayaquil”, cuyos autores son Melvin Hoyos Galarza y Efrén Rafael Avilés Pino. La obra forma parte de “El libro de Guayaquil; programa APRENDAMOS”, es de distribución gratuita y lleva una carta de presentación de Jaime Nebot Saadi, Alcalde de Guayaquil. Tiene 151 páginas, con ilustraciones en blanco/negro y color. Al finalizar cada tema se incluye una página de preguntas para “evaluación”. El libro está claramente orientado como un texto escolar.

Desde la perspectiva de la historia, este libro debería inscribirse en la historia regional y ante todo urbana. De este tipo de trabajos hay ejemplos en todo el Ecuador y desde hace décadas, pues una serie de investigadores han difundido obras sobre la región andina centro-norte, el austro, la amazonía o la cuenca del Guayas, así como sobre la particular historia de Loja, Cuenca, Riobamba, Esmeraldas, Manta o la propia Guayaquil. De tal manera que un libro más sobre Guayaquil podría saludarse como una contribución al conocimiento cada vez más profundo del Ecuador y su trayectoria.

Sin embargo, el libro de Hoyos-Avilés merece algunas precisiones.

PRIMERO
La idea del “Gran Guayaquil” subyace en toda la obra.

Comienza por tratar las culturas aborígenes. Se afirma que desde hace 10 mil años, los primeros habitantes (cazadores-recolectores) a donde llegaron es a “un lugar paradisíaco donde los árboles ofrecían todo aquello que Dios había dispuesto” “Era un nuevo Edén, en nada distinto al bíblico” (p. 3). También Valdivia fue “La madre de todas las culturas americanas” y en la cuenca del Guayas “nacían los pueblos del que miles de años después sería llamado…(sic) Nuevo Mundo” (p.4). Pero, ¿no suena esto a exageración? ¿Cabe hablar, seriamente, del Edén, del paraíso terrenal bíblico y de Valdivia o la cuenca del Guayas como cunas de todas las culturas americanas, desde Alaska hasta la Patagonia?

Luego se trata la época colonial. De partida, se afirma que la ciudad de “Santiago de Quito”, fundada por los españoles el 15 de agosto de 1534, es “Santiago en los territorios de Quito, hoy Guayaquil” (p. 11). ¿Es realmente sostenible esta idea si se atiende coherentemente a los acontecimientos de la presencia de Almagro y Benalcázar en territorios quiteños y si se conocen las investigaciones ya existentes sobre la fundación de las primeras ciudades en la región andina y en la Costa? El libro continúa sobre distintos momentos de la vida colonial. Aparece Guayaquil con sus astilleros “que a fines del siglo XVII se habían convertido en los más importantes de las costas del Pacífico” (p. 11), así como un recuento descriptivo de las obras y otros hechos puntuales de aquellos tiempos.

Después, se acerca a la época independentista del Ecuador. Se dice que la primera expresión autonómica de Guayaquil se dio bajo el Gobernador Zelaya, con la independencia del gobierno de Guayaquil con respecto a la presidencia de Quito (p.25). Más adelante se concluirá que la primera, única, exitosa y verdadera revolución de Independencia fue la de Guayaquil, el 9 de octubre de 1820. También allí se constituyó la primera Provincia Libre y el primer Estado Libre. (ps. 36-53). No solo eso, “Guayaquil le dio la independencia a toda la región y a toda la Audiencia de Quito; financió económicamente a los ejércitos libertadores, le permitió a Bolívar concluir la independencia de Colombia y, finalmente, fueron guayaquileños quienes le dieron la libertad al Perú, sellando de manera definitiva la independencia de America” (p. 50). Se sigue, a continuación, que a Guayaquil se le impuso la incorporación a la Gran Colombia; que después no se contó con ella para la separación del Distrito del Sur; pero que también, cumpliendo con el “Acta de la Asamblea de Guayaquil de 1830” presidida por Olmedo, se instaló la Asamblea Constituyente que finalmente dio nacimiento constitucional a la República del Ecuador (p. 54).

Ningún investigador ha negado el aporte de Guayaquil a la causa de la Independencia nacional. Desde la historiografía del pasado hasta la del presente, la Revolución del 9 de Octubre de 1820 es considerada un hito en la vida y en la identidad del Ecuador. Esa gloriosa Revolución es parte de nuestra libertad como nación. Pero se conoce muy bien que el proceso emancipador fue obra de quiteños, riobambeños, cuencanos, manabitas, etc. Que también el proceso de la Independencia Hispanoamericana y la creación de la Gran Colombia fueron el resultado de esfuerzos e ideales que se colocaron por encima de las actuales fronteras entre países, como ocurrió en la Batalla del Pichincha del 24 de mayo de 1822, en la que participaron chilenos, argentinos, bolivianos, colombianos, venezolanos, irlandeses y quiteños, esto es, gente de la Real Audiencia de Quito, que era el nombre del país. Nadie pensó, a la época, en confabularse contra Guayaquil. Todo lo contrario. Los libertadores también pensaron en esta ciudad, para integrarla a un conjunto mayor, bajo un espíritu unionista que era superior a los caudillos y a las oligarquías locales y regionales que enseguida aparecieron por todas partes. La fundación del Ecuador no fue un resultado mecánico de aportes exclusivamente guayaquileños.

Al tratar la época republicana, el libro hace la recopilación de una serie de obras y hechos. Vale destacar estas referencias: el Vapor Guayas, al punto que “fue tan significativa la importancia de esta nave en la historia del transporte y las comunicaciones de nuestro país, que la Convención Nacional de 1845 la incorporó como uno de los elementos que adornan nuestro Escudo Nacional”; la creación de la Junta de Beneficencia de Guayaquil “la más noble y efectiva institución ecuatoriana al servicio de las clases necesitadas de todo el país. Símbolo de la filantropía guayaquileña, su obra está fija al servicio de la ciudadanía junto con su espíritu de solidaridad, caridad y prestigio” (p. 63), a pesar de que luego “varias veces la voracidad centralista de los enemigos de Guayaquil han pretendido ¨llevarse la Junta a Quito, quitarle sus rentas o hacerla desaparecer¨; pero los guayaquileños la han preservado y defendido ¨como un solar propio, y así continuará siendo aunque a alguien le resulte doloroso¨-” (ps. 63-64). Aparecen así, de repente, afirmaciones que pintan situaciones irreales: los “enemigos” de la ciudad, los “centralistas” y sobre todo, Quito. ¿Se está hablando en serio?

Prosigue la obra señalando nuevas obras y eventos de la vida republicana de la ciudad. Se ha resaltado, como muy importantes, entre otros: la “Primera Reina de Guayaquil, señorita Susana Arosemena Coronel” (p. 74); los historiadores guayaquileños (p. 79) entre los que solo se nombra a Modesto Chávez Franco, José Antonio Campos, J. Gabriel Pino Roca y Camilo Destruge “quienes a través de la pluma se convertirían en el corazón literario del espíritu porteño” (p. 79); que “un grupo de emprendedores guayaquileños inició en 1955 la construcción de una nueva y gran ciudadela. Urdesa” (p. 90); la “lluvia” de nuevos alcaldes y “cero” obras entre 1976-1978; la “Larga y Negra Noche” desde 1982, durante diez años, con los Bucaram (ps. 102-109) y otros alcaldes. Se llega, entonces, a las páginas cumbres de la transformación más grande e impresionante de Guayaquil: León Febres Cordero y Jaime Nebot Saadi (ps. 112-151). A estos dos últimos alcaldes de la ciudad se dedican 39 páginas, esto es el 26% del espacio de todo el libro (la cuarta parte del libro), en una revista de obras y realizaciones que ninguna diferencia guarda con lo que necesariamente sería cualquier informe de actividades sobre obras públicas de cualquier alcalde en el Ecuador.

SEGUNDO
El concepto transversal más importante en todo el libro es el de “Guayaquil Independiente”.

De acuerdo con los autores, el espíritu autonomista y libertario ya estuvo presente desde la época colonial, cuando Guayaquil luchó y se impuso sobre los incendios, los piratas y las plagas, sin ayuda de nadie. Ese mismo espíritu irrumpirá en la época de la Independencia.

El libro refiere que cuando en 1808 Napoleón invadió a España, en varias ciudades de América se formaran Juntas para defender los derechos del rey Fernando VII. Eso, dicen los autores, también ocurrió en Quito el 10 de Agosto de 1809. Ellos afirman que “la Junta quiteña buscó el respaldo de Guayaquil, pero ésta, consideró que la revolución no era independentista y se negó a participar de ella” (p. 33). Sin embargo, por su fidelidad al rey, Guayaquil alcanzó el título de “Muy Noble y Muy Leal”. Pero para Hoyos-Avilés, “aunque parece contradictorio resulta lógico, si consideramos que los guayaquileños no podían respaldar una asonada sin ideología, que no representaba ningún beneficio para la Audiencia” (p. 34). Y, sin más, los autores despachan a la Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809 en apenas 10 (diez) líneas de texto de 308 caracteres (con espacio), en todo un libro de 151 páginas.

Es preciso saber que desde hace varios años circulan en Guayaquil una serie de versiones sobre la Revolución del 10 de Agosto de 1809 en Quito, acogidas y hasta aplaudidas en ciertos círculos “intelectuales” y políticos. Algún fanático poco instruido en la historia llegó a sostener que lo de Quito era pura y simple “mentira”. Por consiguiente, es necesario aclarar, sobre la base de lo que los historiadores más serios ya han investigado desde hace tiempo, que la Junta de Quito y las otras que se establecieron en Caracas, Bogotá, Buenos Aires o Santiago de Chile, fueron fieles al rey, al mismo tiempo que revolucionarias. La de Quito instaló, por primera vez, un gobierno criollo propio y movilizó conceptos tales como soberanía, representación de los pueblos, libertad. El movimiento quiteño arribó al primer Congreso en la historia nacional y llegó a dictar la Primera Constitución, en 1812. Pero, sobre todo, la Revolución de Quito es ampliamente reconocida en toda Latinoamérica como un hito fundamental en el proceso de la emancipación del continente. Y, además, fue reconocida en su propia época como una gesta enmarcada en las luchas libertarias y anticoloniales, a tal punto que en el Chile de aquellos tiempos se consagró la frase “Quito, Luz de América”. Simón Bolívar siempre exaltó los sucesos de Quito. Eloy Alfaro veneró no solo la obra del Libertador sino que reconoció la grandeza de la Revolución del 10 de Agosto de 1809. ¿Por qué deberían tener razón las interpretaciones que niegan una trayectoria reconocida por nuestros pueblos y afirmada en los conocimientos intelectuales más amplios?

De manera que todo ecuatoriano sensato, con un mínimo de conciencia patria, tiene que preguntarse ¿cuál es la intención de presentar una versión de la historia antiquiteña? ¿Qué pasiones esconde? Con responsabilidad y respeto a los procesos históricos generados en la diversidad geográfica y social que tiene el Ecuador, es el país entero y no solo Quito, el que en este 2009 celebra el Bicentenario de la Revolución del 10 de Agosto de 1809, un hecho que ha despertado el interés y la solidaridad de otros países latinoamericanos que también empiezan a celebrar sus Bicentenarios a partir de este año: Bolivia, México, Colombia, Argentina, Chile y Venezuela. En el año 2020 el Ecuador estará orgulloso de celebrar el Bicentenario de la Revolución del 9 de Octubre.

Pero volviendo al libro, los autores destacan que en septiembre de 1810, un mes después de la masacre del 2 de agosto en Quito, el guayaquileño José Joaquín de Olmedo partió a las Cortes de Cádiz: “Allí, en el corazón jurídico de España, Olmedo hizo sentir su poderosa presencia distinguiéndose por su talento y elocuencia, hasta que el 12 de agosto de 1812 –ante las notables eminencias que conformaban dichas Cortes- se cubrió de gloria su célebre ¨Discurso Sobre la Supresión de las Mitas¨-” (p. 34). Para que la historia sea balanceada y completa, también sería bueno destacar que no solo fue Olmedo quien estuvo presente en Cádiz y mantuvo allí intervenciones que dignifican a la historia ecuatoriana. Además actuó el quiteño José Mejía Lequerica, quien tiene incluso el más alto reconocimiento en esa ciudad, en la que existen varias placas en homenaje a esta célebre personalidad americana y hasta un busto que lo recuerda.

Como avanzaba el proceso emancipador, los autores escriben: “en el corazón de los guayaquileños” crecía un nuevo sentimiento, cuyos precursores eran José de Antepara, José Joaquín Olmedo y José de Villamil, quienes “se habían nutrido con ideas independistas” (p. 34). Las “ideas de independencia, democracia, constitución y libre determinación, poco a poco… de boca en boca… empezaron a regarse entre todos los guayaquileños (sic)” (p. 36). Ello ocurrió después del año 1816, cuando volvieron a Guayaquil Antepara y Olmedo, a quienes se sumó Villamil (p. 36). Hay que observar que según los mismos autores, eso ocurrió DESPUÉS de los sucesos de Quito de 1809 y 1810, años más tarde, por tanto, de las labores precursoras de Eugenio Espejo y de todos los ilustrados quiteños, muchos años después de que Francisco de Miranda iniciara su lucha independentista en Coro (1806), Venezuela, y años después de que Bolívar, a partir de 1810, comenzara sus campañas para la independencia de Sudamérica.

A continuación, los autores afirman que cuando llegaron a Guayaquil los oficiales venezolanos León de Febres-Cordero, Luis Urdaneta y los hermanos Luis Felipe y Miguel de Letamendi, esto es a mediados de 1820, “los patriotas guayaquileños, al conocer las causas de su presencia en la ciudad, los invitaron a quedarse para participar en el movimiento revolucionario que se estaba gestando” (p. 37). Así se armó el asunto: la “Fragua de Vulcano” y la “Aurora Gloriosa” del 9 de Octubre de 1820, día en el que se suscribió el Acta de la Independencia de Guayaquil “y por que no decirlo, de toda la Patria” (p. 39). “Ese 9 de octubre de 1820, por primera vez en nuestra historia, se mencionó de manera oficial la palabra independencia” (p. 39). El ejemplo de Guayaquil fue seguido por otros pueblos y hasta Cuenca (3 de noviembre de 1820) se puso bajo su protección. Se incrusta, entonces, una frase: “Quito guardó silencio” (p. 40). Después, vino la Primera Asamblea y el “Reglamento Provisorio de Gobierno” que fue la Primera Constitución que regiría los destinos jurídicos de la nueva nación…”.

El libro sigue: Guayaquil y su provincia eran libres. Armó la “División Protectora de Quito”; “desde las orillas del Guayas Olmedo miraría las faldas del Pichincha, con ansia de oír los clarines de la libertad de la Presidencia y Real Audiencia de Quito” (p. 41). Así es que las tropas libertadoras iniciaron sus triunfos. Riobamba, Ambato y Alausí se pronunciaron a favor de la revolución guayaquileña. Otra vez, los autores incrustan una frase: “Quito continuaba en silencio” (p. 41). Se solicitó, siguen, la ayuda militar de Bolívar, quien envió al general José Mires, con instrucciones para procurar la anexión de Guayaquil a Colombia, exigencia que Olmedo no aceptó, convencido de que debía mantener a Guayaquil Independiente (p. 42). Después llegó Sucre. Que “no hizo otra cosa que imponer en el territorio la soberanía de Colombia” (p. 42). Sucre persistió en la anexión de Guayaquil, pero otra vez Olmedo defendió la autonomía (ps. 42-43). Guayaquil siguió financiando la campaña libertadora de Quito (p. 44). Sucre marchó por los Andes y continuó hacia el norte “para culminar la campaña independentista en el monumental escenario de la gloria guayaquileña: el Pichincha” (p. 44). Hasta que llegó el día decisivo, el 24 de mayo de 1822: “el heroico patriotismo de los ¨Hijos de la Libertad¨ que, desde Guayaquil, habían llegado a la cima de los Andes para sellar, de manera definitiva y para siempre, la libertad de la Patria” (p. 44). En el empuje de la batalla “el joven Tnte. Abdón Calderón, aunque había sido gravemente herido, permanecía firme en el campo de batalla manteniendo en lo alto la bandera celeste y blanco de Guayaquil” (p. 44). Ese 24 de mayo “se cumplió el principal objetivo que Guayaquil se había impuesto desde que proclamó su independencia: dar la libertad a Quito” (p. 45).

Y en esta increíble y fantástica historia, el libro de Hoyos-Avilés continúa: a pesar de la lucha por un Estado libre y soberano, a los cinco días “estos principios fueron conculcados, cuando la Municipalidad de Quito, en representación de ese pueblo, resolvió –libre y voluntariamente- anexarse a Colombia” (p. 45). Y ahora viene lo peor: “A Simón Bolívar le molestaba que Guayaquil –ciudad en la que nunca había estado- se hubiera independizado sin su ayuda; y olvidaba –o no quería recordar- que ella había sido la protagonista principal de toda la campaña emancipadora…” (p. 45). “Qué egoísmo el de Bolívar” “Quiso desprestigiar a Guayaquil… pero no pudo (sic)” (p. 45). El 11 de julio de 1822 llegó Bolívar a Guayaquil. Aunque en la ciudad había partidarios suyos, la gran mayoría quiso un Guayaquil independiente, libre y soberano (ps. 46-47). “Pero Bolívar no admite razones ni quiere esperar” (p. 47); y “sin respetar el deseo de los guayaquileños de mantener su independencia” (p. 47) Bolívar impuso la anexión de Guayaquil, gracias a los 3.000 hombres “que acompañaban al usurpador” (p. 47). “Así, de manera artera, Bolívar ocupó y tomó por la fuerza la ciudad capital de la Provincia Libre de Guayaquil, se proclamó Jefe Supremo, y decretó su anexión a Colombia, poniendo fin a un año y nueve meses en los que Guayaquil había permanecido libre e independiente” (p. 47). Así se perpetró el “abuso” (p. 47). Vino también la entrevista entre Bolívar y San Martín. Para lo cual, Bolívar “de manera muy astuta” (p. 48) se había adelantado, pues ya tenía a Guayaquil. San Martín se ofreció para liberar el Perú, pero “Bolívar, que no quería compartir las glorias de la independencia con uno de los más grandes generales de América, rechazó la propuesta y el Perú debió esperar casi dos años para lograr su libertad” (p. 48). Más tarde vino la liberación del Perú, bajo contribución de los esfuerzos guayaquileños. Y los autores concluyen con una frase absolutamente sonora: “Tres libertadores -no dos- tiene América: Bolívar, San Martín y Guayaquil” (p. 50).

Pero todavía hay más: como los guayaquileños no se sometieron a las autoridades grancolombianas, consolidaron su reducto en la Municipalidad, “convirtiendo al ayuntamiento porteño –con su incansable espíritu de trabajo- en el corazón del desarrollo de la ciudad y la provincia” (p. 51). Otra vez intervino Bolívar: “El desarrollo casi autonómico de la ciudad debió molestar mucho a Bolívar”, de manera que se expidió una ley que quitó todas las atribuciones al Cabildo, “Doloroso golpe para una ciudad y un Estado que habían sido no solo espíritu del patriotismo sino, además, la luz de la libertad que había iluminado a los ejércitos independentistas de Bolívar y San Martín” (p. 51). Guayaquil incluso se había declarado “Departamento Federal” (p. 51), pero la idea federalista no pudo concretarse porque Bolívar se proclamó dictador de Colombia (p. 52).

Para muchas ecuatorianas y ecuatorianos posiblemente esta sea la primera vez que conocen una interpretación de la historia como la que presentan las dos personas que han escrito la “Historia de Guayaquil”. Debiéramos esperar que no se derrumbe todo lo que estudiaron en escuelas, colegios o universidades. Confiar en que no pierdan su espíritu nacional, su patriotismo ni su sentido de pertenencia al Ecuador. ¿Hay guayaquileños que se creen semejantes interpretaciones?

Como se anotó antes, el proceso de la Independencia del Ecuador no fue solo una obra casi exclusiva de guayaquileños. Un libro como el de Manuel J. Calle titulado “Leyendas del Tiempo Heroico” (1905), destinado a fomentar valores cívicos en los niños, pintó al héroe Abdón Calderón en la Batalla del Pichincha, pero ¿con la bandera de Guayaquil…? La anexión de esta ciudad a la Gran Colombia no fue obra de las confabulaciones contra su libertad y su autonomía. De otra parte, Simón Bolívar ha sido reconocido en todas las historias de los países latinoamericanos y particularmente en los que él liberó. En nuestros días hay cada vez un adelanto en el espíritu integrador de América Latina. La figura de Bolívar preside este interés que rebasa las fronteras. En el Guayaquil de la época independentista incluso hubo un claro pedido de prestantes figuras guayaquileñas a Bolívar para integrarse a Colombia y participar del sueño de la unión ¿Por qué una interpretación ACTUAL debe cuestionar toda la trayectoria común de nuestros pueblos en el espíritu de Bolívar? ¿Cuál es el propósito de todo ello? ¿Qué pensarán los pueblos latinoamericanos sobre el Bolívar “descubierto” en esta versión de una historia simplemente local? ¿Cómo es posible que la figura más universal de América Latina, reconocida incluso en el mundo, quede a nivel de un intrigante, rencoroso, usurpador, enemigo y vil conculcador de la “libertad” de Guayaquil?

Cabe decir que la interpretación presentada contradice la abundante documentación sobre el tema de la Independencia que ha sido presentada y difundida por múltiples investigadores desde el siglo XIX hasta nuestros días. Va en dirección opuesta a los centenares de obras escritas por historiadores nacionales y extranjeros en distintas épocas. Es contradictoria con la amplia bibliografía producida en América Latina. Se opone a lo que han investigado y escrito una serie de historiadores contemporáneos. ¿Es que todos están equivocados? ¿Solo es válido lo que dice un puñado de escritores guayaquileños? ¿Estamos hablando verdaderamente de una historia NACIONAL…?

El libro de Hoyos-Avilés prosigue con la historia de Guayaquil en plena república. En resumen, se dice: vino la separación del Ecuador de Colombia. Otro episodio en el cual Quito decide, el 13 de mayo de 1830 la separación, en una asamblea convocada por Juan José Flores. “Dicha asamblea fue nula porque no tuvo la representación de los departamentos de Guayaquil y Azuay” (p. 54); entonces vino la asamblea de Guayaquil del 19 de mayo y el “Acta” que guió la reunión del primer congreso en Riobamba (p. 54). Allí, cuando se intentó nombrar como vicepresidente de la República a José Joaquín Olmedo, no hubo un solo voto quiteño y debieron hacerse 18 escrutinios, en una “vergonzosa actuación” (p. 54). La Revolución Marcista de 1845, fue obra guayaquileña y con ella “una vez más, el patriotismo y el sacrificio guayaquileño habían salvado a la República” (p. 58). En la crisis nacional del año 1858-1859, cuando el Perú bloqueó el puerto de Guayaquil, el general Francisco Robles, para defender a la ciudad, decretó el traslado de la capital a Guayaquil; pero Quito protestó, pues “No importaba que Guayaquil caiga en manos de los peruanos, con tal de que la capital no se mueva de Quito” (p.60); y, “A pesar de la presencia peruana Guayaquil no fue respaldada por el resto del país” y “Con el país en su contra…” el enemigo estaba presto a atacar, Guayaquil fue humillada cuando el ejército peruano entró a la ciudad, pero triunfaron finalmente las fuerzas de García Moreno, “Nuevamente Guayaquil había sido el escenario en donde la patria era salvada” (p. 60). Surgen, pues otras preguntas inevitables: ¿todo el país en contra de Guayaquil? ¿Quito, o mejor los quiteños, los peores…?

Sigue el texto. Guayaquil fue la cuna de la Revolución Liberal el 5 de junio de 1895, bajo el liderazgo de Eloy Alfaro. “Pocos días más tarde –comprendiendo que al igual que el 9 de octubre de 1820, Guayaquil debía llevar esta nueva independencia ideológica hacia Quito y toda la República-, al mando de los recién reestructurados batallones Alfaro marchó hacia el interior…” (p. 67). Después del triunfo alfarista, en 1896 debía reunirse en Guayaquil la Asamblea Nacional “y existía la posibilidad de que los liberales plantearan la instauración de un estado federal; propuesta que los conservadores y los centralistas no estaban dispuestos a aceptar”; entonces, “para evitar que esta feliz idea se concrete, a alguien se le ocurrió incendiar la Gobernación, que era el lugar donde se iba a instalar la Asamblea” (p.67). Esa fue, según los autores del libro, la causa del “incendio grande” que ocurrió en Guayaquil, que consumió la mitad de la ciudad. ¿Esto es historia, testimonio callejero o fábula?

Prosigamos. En el siglo XX, Guayaquil crecía, y “nada podía detenerla” (p. 91). Otras jornadas “libertarias”: la “sonora silbatina” al presidente Camilo Ponce Enríquez en el Estadio Modelo; durante el cuarto velasquismo, la muerte de estudiantes guayaquileños; bajo la Junta Militar, contra el decreto que “pretendió centralizar las rentas de Guayaquil y sustraer la autonomía administrativa y económica de sus entidades y de manera especial de las de asistencia social” (p. 94), acción “de un gobierno resentido, que quería acabar con nuestra amada ciudad y sus instituciones” (p. 94), contra el cual salieron las damas guayaquileñas y “escribieron una de las páginas más gloriosas en la historia de la mujer ecuatoriana” (p. 95); otra muerte de estudiantes durante el quinto velasquismo; además, cuando estuvo de alcalde Antonio Hanna Musse, se aprobó el contrato para adquirir una “procesadora de basura”; pero murió el presidente Jaime Roldós y “asumió el poder ejecutivo el hasta entonces vicepresidente Osvaldo Hurtado Larrea, quien casi de inmediato desató una feroz persecución en contra del alcalde Hanna, quien bajo la improbada acusación de negociados en la adquisición de dicha maquinaria, fue defenestrado y privado de su libertad.// Perdió así la ciudad, una magnífica oportunidad de resolver uno de sus más agobiantes problemas” (p. 100). Y entonces vino la “larga y negra noche” de la década 1982-1992, llegó Abdalá Bucaram a quien se le recordará “por varias generaciones como el verdugo de Guayaquil” (p. 104). Sin embargo, como “la oscuridad no podía durar para siempre” (p. 112), en 1992 llegó, finalmente, León Febres Cordero; después, el sucesor, Jaime Nebot Saadi. Desde entonces, la historia de Guayaquil cambió para siempre. Termina el libro con una frase del Alcalde Nebot: “No vamos a renunciar jamás al derecho de tener libertad para decidir, justicia para recibir y creatividad para progresar. Eso es autonomía y no hay renuncia a la autonomía”.

¡Qué interpretaciones de la historia…! Pero, ¿de qué se trata todo esto? ¿Qué causa autonomista de Guayaquil se defiende e interpreta? Porque los ecuatorianos y ecuatorianas debiéramos entender, claramente, que existe un tipo de “autonomismo” oligárquico escondido tras las legítimas e históricas aspiraciones libertarias del pueblo guayaquileño, a las que, en cambio, no se atiende. Ese autonomismo oligárquico se ha presentado, a lo largo de la historia nacional, bajo una triple dimensión:

1. ninguna sujeción a la autoridad del Estado, si es que ese Estado no coincide con la forma en que los grupos de poder guayaquileño llevan la administración, la economía y la política de su ciudad;
2. las elites del poder de Guayaquil deciden por sí y ante sí. De lo contrario, todo lo demás significa atentado a su “autonomismo”;
3. edificios, monumentos, servicios, instituciones, actividades, obras públicas de la ciudad, riqueza económica, valores, sentimientos, emociones, etc. pertenecen a las elites que dominan Guayaquil, son su patrimonio y no pertenecen a la nación ecuatoriana como entidad superior.

TERCERO
En esta historia el pueblo ha desaparecido.

Como cualquier científico social sabe, hablar de “Guayaquil” y de los “guayaquileños” bajo un concepto abstracto y generalizador, es incorrecto. La historia, tal como la hacen los historiadores en el mundo académico actual, procura distinguir clases, sectores sociales, estamentos, grupos de población, movimientos sociales, contradicciones de intereses, luchas políticas, visiones diferentes, idearios e ideologías distintas, etc. pues hay múltiples actores en los hechos y en los procesos. En el caso de la “historia” que comentamos, esta situación desaparece, pues “todos” quedan unificados en el concepto “guayaquileño” y “Guayaquil”.

En la “historia” de Hoyos/Avilés no aparecen los indios. Quedan resaltadas las “culturas” aborígenes asentadas en Guayaquil. Pero durante la época colonial no hay indios. Y eso que existe una cantidad de obras de investigadores ecuatorianos que han tratado la cuestión indígena también en Guayaquil. Durante la república, tampoco hay indios. Cierto es que se habían o que fueron extinguidos. Pero ni siquiera aparecen las poblaciones de indígenas que migraron a la ciudad a lo largo de toda la república. Los migrantes indios, no cuentan, por más que en Guayaquil, ciertamente, no existe un movimiento indígena como en la región andina.

Pero deberían aparecer los campesinos y los montubios. Y los esclavos negros. Además, desde la época colonial. ¿O no los hubo? ¿No eran también “guayaquileños”? Porque en el trabajo de los astilleros hubo esclavos. En el trabajo agrícola hubo campesinos sujetos a explotación. No aparecen los cacaoteros: ni los dueños de haciendas, ni los campesinos, sometidos a las terribles condiciones en las que vivían explotados en las haciendas cacaoteras. Ni una sola imagen de las “fichas” con las que se pagaba a los productores del cacao en lugar de salarios justos. Se ha dejado de lado el hecho de que la “riqueza” costeña no fue obra de unos cuantos magnates, sino de siglos de explotación a los trabajadores agrícolas. Aparecen algunos comerciantes y banqueros. Prohombres de la época. Ni una referencia a los artesanos y peor aún a los primeros núcleos obreros. Y eso que en Guayaquil nacieron las primeras manufacturas e industrias del Ecuador. Al comenzar el siglo XX existían en Guayaquil una buena cantidad de organizaciones de trabajadores. Hicieron huelgas y lucharon por sus reivindicaciones contra las oligarquías guayaquileñas. Pero lo cierto es que la única referencia al movimiento obrero es la de los sucesos del 15 de noviembre de 1922.

Según la “historia” que comentamos, esa “primera gran huelga general de los trabajadores” (p. 77) fue obra de que, junto al descontento, aparecieran las influencias de la “novelería izquierdista proveniente de la Unión Soviética”. Por entonces había aparecido la “Confederación Obrera del Guayas” y la “situación fue aprovechada por los politiqueros para intentar poner fin al gobierno constitucional del Dr. Tamayo y de esa manera alcanzar el poder” (p.77); la situación hizo crisis, “parecía que todo Guayaquil no se componía más que de masas proletarias” (p. 78), pero “lamentablemente, mezclados entre los trabajadores hizo también su aparición un gran número de delincuentes y anarquistas criollos que, enceguecidos por las noticias de la revolución rusa, intentaron desarmar a las fuerzas policiales, apostadas por obvia precaución en diversos lugares de la ciudad” (p. 78); vinieron “las incitaciones para asaltar los almacenes” y se inició “un desenfrenado saqueo” que obligó a la policía a disparar, primero al aire y “luego al cuerpo de los asaltantes” (p. 78). Así es que ese 15 de noviembre, “el ejército y la policía reprimieron violentamente las acciones vandálicas y de saqueo que se ocultaban tras la manifestación popular” (p. 78). En el libro se recuerda que el guayaquileño Joaquín Gallegos Lara escribió su novela “Las Cruces Sobre el Agua”, pero que “en definitiva no es nada más que eso, una novela de denuncia social y política que no refleja totalmente la realidad histórica de ese día” (p. 78). Si ni Gallegos Lara convence, allí están las obras de Elías Muñoz, un historiador guayaquileño del movimiento obrero ecuatoriano, que trató documentadamente sobre la matanza obrera del 15 de noviembre. Y están las obras, testimonios y documentos de una serie de investigadores. Pero se ha preferido la versión “oficial” que a su tiempo dio el propio gobierno oligárquico de José Luis Tamayo.

Otra referencia tangencial es la que se hace sobre la Revolución Juliana de 1925. Ella, se escribe, también fue fruto de dos causas: una, la confabulación de militares y políticos que, con el pretexto de combatir al gobierno de Gonzalo S. Córdova tenía, en realidad, “el oscuro propósito de acabar con la hegemonía política y económica de Guayaquil” (ps. 78-79); y otra, el “resentimiento” de Luis Napoleón Dillon con la banca guayaquileña y especialmente con Francisco Urbina Jado, debido a que se le impidió el negocio de sus propios billetes hipotecarios (p. 79). Así es que el “golpe artero” juliano (p. 79) “tuvo como objetivo principal destruir a la banca guayaquileña”.

Hay que imaginar que esta es una interpretación que dejará boquiabiertos a todos los investigadores nacionales que han escrito sobre el tema, a todos los extranjeros que se ocuparon de la Misión Kemmerer en el Ecuador y a cualquier persona de buen juicio. Porque la Revolución Juliana fue una importante transformación en el devenir histórico del país. Gracias a ella se liberó al Estado de la influencia y dependencia que mantuvo frente a las oligarquías regionales, se puso en orden las finanzas y con sentido nacional, se cortaron los abusos de la poderosa banca de la época y se incorporó la misión social del Estado, para atender derechos laborales, seguridad social y mejoramiento de las condiciones de vida en el país. Es una fantasía creer que fue una revolución “ignominiosa” para Guayaquil, cuando lo que en realidad hizo fue afectar a los poderosos grupos del poder local, que pretendían disfrutar de los negocios privados sin responsabilidad social ni estatal alguna, pero a costa del Estado y de los trabajadores explotados por esa misma oligarquía.

No hay en la “historia” de Guayaquil una sola referencia al suburbio guayaquileño, excepto para señalar las obras “construidas” para su “beneficio”. ¿Algo así como la atención de los de arriba hacia los de abajo? Ni una palabra sobre los trabajadores fabriles o los artesanos, los vendedores ambulantes y todos los “informales”. Si se tratara de una historia política, pudo decirse que el partido Comunista nació en Guayaquil, que Concentración de Fuerzas Populares (CFP) nació también allí y, además, que su líder Carlos Guevara Moreno fue el gran impulsador de las masas suburbanas y por cierto, siempre combatido por las oligarquías guayaquileñas. En una verdadera historia política sobre Guayaquil obviamente no podrían faltar las referencias a los políticos guayaquileños contemporáneos y, sin duda, algún retrato del máximo magnate que ha tenido Guayaquil y cuyo ejemplo, tanto como su ambición electoral, deberían ser un patrimonio de las oligarquías: Álvaro Noboa y su partido, el PRIAN.

En el Guayaquil social y popular, cualquier historia contemporánea debe hacer alguna referencia a las múltiples huelgas obreras contra los patronos y empresarios. De todo ello hay una literatura historiográfica abundante en el país. Hombres de intelectualidad y conciencia clara tales como los del “Grupo de Guayaquil”, de enorme influencia en la literatura de los años treinta y de evidente guayaquileñismo social y antioligárquico, tendrían que constar en una historia del Guayaquil humanista y revolucionario. Deberían aparecer artistas, escritores, músicos, pero también políticos y movimientos sociales que han enfrentado a los grupos de poder guayaquileño en todo tiempo. No hay historiadores del Guayaquil alternativo. Ha desaparecido la población pobre, los miserables de los barrios ajenos a Urdesa. Ni una sílaba crítica sobre el contrabando, la evasión de impuestos, la violación de derechos laborales. ¿No son fenómenos sociales que han coexistido en la historia económica del Ecuador?

CUARTO
Desde hace varios años, bajo el manto de una supuesta renovación de conceptos y visiones, se difunden obras y artículos de un puñado de escritores guayaquileños que incursionan en el campo de la historia. Ellos han alterado las interpretaciones sobre la historia ecuatoriana y han rebuscado fundamentos para sostener la idea de que existe un tipo de historia guayaquileña “diferente”, en la que el autonomismo y el deseo de libertad e independencia han sido, en todo tiempo, los ejes de la trayectoria de la ciudad. Desde su visión, no hay, en todo el Ecuador, otra comunidad social más libertaria que la guayaquileña. Y todo aquel que se atreva a contradecir su interpretación historiográfica queda descalificado como un anti-guayaquileño. El libro de Hoyos-Avilés parece coincidir con estas “modernas” renovaciones historiográficas.

Además, el libro publicado seguramente circula entre profesores y estudiantes. Surge entonces la inquietud: ¿qué dicen los maestros guayaquileños sobre el tema? ¿Por qué no hay reacciones al respecto? El ejercicio de la crítica es lo menos que puede exigirse, porque si algún texto penetra en el sistema educativo hay la responsabilidad de todos para vigilar que no se fomenten actitudes regionalistas, que se reclame responsabilidad con la patria y que se cuide la imagen del Ecuador ante el mundo.

En los ambientes académicos y universitarios se conoce bien lo que significa la “filosofía de la historia” y la “teleología de la historia”. Para estas corrientes del pensamiento, los procesos históricos que vienen del pasado tienen un camino trazado, un “fin” determinado, un desenlace inevitable en el que parece culminar la historia. Lo que primero llama la atención es ver que la “Historia de Guayaquil” de Hoyos-Avilés desemboca, como en una teleología inevitable, en las alcaldías de León Febres Cordero y Jaime Nebot Saadi. Ambos representan la obra cumbre de Guayaquil desde el pasado hasta el presente. Las dos personalidades son las que resumen y recogen toda la trayectoria anterior para la conquista definitiva de la libertad, la independencia, la autonomía y el “guayaquileñismo” de siempre. Pasado, presente y futuro, se condensan en la época magna de los dos alcaldes, que se halla tratada en los últimos capítulos del libro, bajo unos títulos demostrativos del sentido final de esta historia: “Guayaquil Vive por Ti” y “Guayaquil… Más Ciudad”.

Si la historia que han escrito Hoyos-Avilés concluye en esa época de realización sublime que significan las alcaldías de los dos líderes más importantes del Partido Social Cristiano, desde el primer momento debería inquietar ¿cuál es la intención de las dos personas que han escrito este libro? ¿Se trata de una especie de versión “oficial” de la historia guayaquileña desde la perspectiva del socialcristianismo? Muchas dudas quedan al saber que Melvin Hoyos es arquitecto y, además, Director de Cultura y Promoción Cívica del Municipio de Guayaquil.

Si pueden quedar preguntas abiertas en el campo de la historia, ninguna duda existe en el campo político: desde la década de los noventa del siglo pasado, la hegemonía del Partido Social Cristiano en Guayaquil fue imbatible. La obra de sus líderes en la ciudad puso en alto un tipo de “guayaquileñismo” convincente para todos. Pero eso es lo que sirvió para una hegemonía totalitaria, en la que la obra municipal, el “autonomismo” y el “modelo económico” socialcristiano local no podían ser cuestionados por nadie. Tampoco hay que olvidar que aparecieron mentalizadores del proyecto de “ciudad-Estado”, la idea de “dos sistemas, una república” (proyecto Singapur) y hasta de “dos repúblicas”. ¿Estamos ante un genuino “autonomismo” guayaquileño? ¿Acaso las “novísimas” interpretaciones sobre Guayaquil acompañan a los intereses del socialcristianismo hegemónico en la vida política de la ciudad?

Intriga pensar si en el mundo académico se tendrá o no a la “Historia de Guayaquil” de Hoyos/Avilés como la típica versión de la historia de las clases dominantes de la ciudad, de los grupos de poder locales, de las figuras máximas que resumen este tipo de intereses en la gran urbe. Inquieta pensar que las construcciones, monumentos, plazas, edificaciones y una serie de obras públicas que retratan la parte física de Guayaquil, pero en la que no aparecen los sectores populares, forman parte de una versión de la historia proveniente de la derecha política y social.

En todo caso, no alarmaría que sea así. Al fin y al cabo, todo investigador social sabe bien que en historia hay múltiples interpretaciones. También las oligarquías, los grupos de poder, las capas dominantes, hacen su propia historia y tienen derecho a su propia versión de la misma.

Pero el hecho de que la “Historia de Guayaquil” de Hoyos-Avilés tenga una orientación didáctica, para el público más amplio, bajo distribución gratuita y con sentido guayaquileño, debió ser el eje central para motivar la seriedad y, sobre todo, la responsabilidad de los autores. Porque lo menos que se puede esperar es que una obra de tal naturaleza fomente la identidad nacional, su unidad y los valores supremos de la sociedad ecuatoriana construidos desde el pasado. Todo ecuatoriano aspira, por espíritu y tradición histórica, que una investigación cumpla con la patria y sea fiel a los hechos y los procesos.

Esta exigencia espiritual y académica no implica, en modo alguno, atentar ni afectar la libertad que tiene todo historiador para plantear su trabajo desde la fundamentación teórico-metodológica que desee. La historia tiene múltiples enfoques y, en última instancia, como ciencia social, también asume ángulos y visiones políticas, correspondientes con el juego de intereses sociales existentes en los procesos reales de la misma historia que se trata.

Pero otra cosa es asumir conceptos preconcebidos bajo los cuales los hechos y procesos se ajustan a una interpretación previamente existente y se manipulan o tergiversan con fines políticos ACTUALES. Y cabe preguntar a los lectores si son las finalidades políticas las que han sido antepuestas. Porque al menos, con peso sobre nuestros actuales días, se ha aprovechado para un nuevo recuerdo (p. 137):

Rafael Correa, presidente del Ecuador desde enero de 2007, había atacado mas de una vez a su ciudad natal, Guayaquil y a su alcalde Jaime Nebot S. Los continuos ataques y amenazas a esta ciudad que tanto trabajo había costado reconstruir, despertó la indignación de los ciudadanos. El Alcalde, una vez más, hizo un llamado a todos quienes viven en Guayaquil, para defenderla y expresar su protesta al gobierno central y a sus artimañas electorales.

Los autores dicen que el 24 de enero de 2008 “más de 350.000 ciudadanos” se volcaron a la avenida Nueve de Octubre, en “la más grande concentración en la historia del Ecuador”, que “unió a todos los guayaquileños en defensa de su ciudad”. Ante esa muchedumbre dio su discurso el alcalde Nebot. La marcha “fue la primera manifestación de protesta al gobierno de Correa y marcó el principio de la lucha para defender la autonomía, las rentas para municipios, universidades y todas las acciones que impiden el desarrollo de la ciudad y del país. Guayaquil se puso en marcha y nada, ni nadie, la podrá detener” (ps. 137-138). ¿No es ésta una posición política evidente que se superpone a cualquier análisis histórico? ¿No es la posición del socialcristianismo?

Solo está un lado de la medalla. Porque no cabe interpretar la manifestación aludida como un signo de “lucha” en el sentido que los dos autores del libro subjetivamente asumen. En cambio, el presidente Rafael Correa, la Asamblea Constituyente y la nueva Constitución, han contado con un amplio respaldo guayaquileño, claramente demostrado en las urnas por las votaciones obtenidas en los cinco procesos electorales que ha vivido el país desde 2006 y que el libro silencia. Esos resultados comprueban que no hay “un” Guayaquil, sino múltiples sectores sociales, con intereses y posiciones diversas.

No hace falta más para identificar la “Historia de Guayaquil” de Hoyos-Avilés en el campo de la historiografía política sobre el Ecuador.

Lo que si merece reclamarse es que exista responsabilidad, seriedad y veracidad en cualquier investigador de la historia patria, por sobre la orientación política que prefiera. No puede encenderse al sistema educativo con valores regionalistas, sentimientos antiquiteños y consignas antinacionales. A todos los ecuatorianos interesa una identidad común, basada en todas las glorias del país y no solo en las que supuestamente pertenecen con exclusividad a un sector de los habitantes de Guayaquil. No se puede negar y pasar por alto la labor intelectual de los historiadores más respetables del Ecuador y de América Latina para construir una “nueva” interpretación de sucesos hace tiempo esclarecidos con suficientes fundamentos.

El Ecuador requiere construir bases sólidas de su multiplicidad étnica, sociocultural y regional. Ello significa juntar los esfuerzos para una integración nacional valorada en su diversidad y no en el desprecio o la subvaloración de lo que han hecho los ecuatorianos como pueblo en Quito o en Manabí, en la amazonía o las Galápagos, entre los campesinos o los trabajadores urbanos. La historia del Ecuador no se reduce a la de sus oligarquías y capas dominantes. Hace tiempo que la historia, como esfuerzo académico y aún político, ya caminó para descubrir las realidades más profundas del entramado social.

Y, sobre todo, el espíritu libertario, el alma independiente, la lucha por la autonomía, el deseo por el progreso y tantos otros valores sublimes de la humanidad, no son patrimonio de una ciudad ni de un grupo. La historia del Ecuador está llena de hombres, mujeres y clases sociales pujantes, cuyas luchas han reivindicado libertad, independencia, autonomía y, además, derechos sociales, buenos salarios, seguridad social, mejores condiciones de vida. No existe en la historia ecuatoriana una ciudad llamada a ser la única cumbre y además la más sublime, en la conquista de la libertad. Guayaquil está en el alma de todo ecuatoriano y ecuatoriana. Su ciudad y su gente también nos pertenecen, porque su historia es la nuestra.

De manera que compartimos con los guayaquileños los ideales de la Independencia, la integración de los pueblos, la soberanía, la dignidad y la libertad. Sus valores son los de todo el país. Los guayaquileños con sentido social y democrático, no pueden caer en la defensa de los intereses del dominio político de las oligarquías. Siempre se rebelaron contra ellas en jornadas pioneras que engrandecen al Ecuador. Nuestros valores y sus ideales no son observados únicamente en el interior del país sino por el mundo. Por tanto, cualquier interpretación sobre la historia local o nacional no puede caer en el riesgo de hacer el ridículo. Guayaquil merece quedar bien y más aún en el conjunto de los países latinoamericanos y, por cierto, entre las naciones liberadas por Simón Bolívar. La historia de Guayaquil, tomada con seriedad y patriotismo, forma parte del orgullo nacional. Los ecuatorianos esperamos siempre que sean los mismos guayaquileños, con su singular energía, con su dinamia y su espíritu emprendedor, los que levanten su crítica, su voz libertaria, demócrata y autonomista, para incluir la denuncia de las manipulaciones y de los engaños que pueden hacerse a nombre de su propia historia.
Quito, 22 de abril de 2009

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