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Edición #4501 |  Ecuador, martes, 25 de julio de 2017 |  Ver Ediciones Anteriores

QUITO SECRETO 1

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Argenpress

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En Quito se siente una estrecha relación entre la gente y su hábitat, que puede ser por la arquitectura en la montaña. Al estar ubicada al pie del volcán Pichincha, con las construcciones encajadas en un valle angosto y largo entre las montañas, es como una larga cobija que obliga a ciertos rituales y hábitos. Es así que por las radios, los periódicos, y las personas entrevistadas se comprueba una preocupación por el futuro de la ciudad. Después de tantos booms como el del petróleo, la expansión espacial con la incesante construcción provoca incertidumbre.

La longitud de Quito más pronunciada es en la sección Norte, precisamente la expresión máxima de pos modernidad y que la hace tan atractiva al visitante. Pero al mismo tiempo refleja uno de los núcleos del problema. El fenómeno de la posmodernidad de Quito surge con la construcción de edificios, centros comerciales, viviendas, y espacios de esparcimiento del llamado “boom del petróleo” de los años 70, y que marca un antes y un después en la economía ecuatoriana. En la expansión hacia el Norte se reformula el Quito moderno y cosmopolita de una especie de “capitalismo tardío”, fenómeno característico en la región latinoamericana y en los países en vías de desarrollo. ¿Al final cómo poder llamar a nuestros proyectos de repúblicas?
Quito, como Santiago, Bangkok, o Johannesburgo, no escapa a ese itinerario del gran capital internacional. La ciudad puede ser hermosa, pero detrás de la investidura, existe lo que Frederic Jameson llama “la cultura postmoderna global como expresión interna y super estructural de toda una nueva oleada de dominio militar y económico de Estados Unidos en el mundo”. Para él, a lo largo de la historia, “es la otra cara de la cultura, con sangre, tortura, muerte y terror”. Yo agregaría a las otras potencias económicas de la Comunidad Europea y el Oriente, que siempre dejan el fardo de la mala propaganda a Estados Unidos. Las transnacionales no son solo de Nueva York o Seattle.

En la imbricación entre liberalismo y conservadurismo, y entre lo tradicional y lo moderno, Quito sociedad pareciera ser un mosaico de la posmodernidad del capitalismo tardío en el tercer mundo, y en la fascinación por su arquitectura se encapsula la crisis del estado liberal con sus contradicciones políticas y sociales.

En Ecuador, hay un creciente malestar en sectores de población que han vivido bajo el vaivén del poder de las élites tradicionales, y que comienzan a cuestionar esa posmodernidad que se manifestó económicamente con eficiencia y quizás se trasladó a otros sectores de la vida, pero que no tuvo una réplica en el plano de la representatividad para expresar un pluralismo verdadero; no el determinado desde la elite.

Desde esta perspectiva, en Quito como capital del Ecuador, la estampa de esa cultura posmoderna global montada por la presión interna del sistema, comienza a vivir una etapa de inevitable transformación, y destila un momento político que atrae la atención mundial.

Con las iniciativas de reforma planteadas por la administración de Rafael Correa, Ecuador es quizás uno de los epicentros donde se expresa la crisis y la transformación del estado liberal concebido para el tipo de repúblicas inconclusas que han predominado en la región. Algunos rasgos de este proceso se expresan en su libro: “Ecuador: de Banana Republic a la No República” (2009).

El tema central en la crisis del estado liberal, son la validez de sus definiciones básicas, y su inclinación de concebir la democracia con altos grados de “calidad de representatividad”. Entiéndase por calidad: la aceptación desde la autoridad y la sociedad, de altos grados de tolerancia al pluralismo, a la solidaridad, a la igualdad de derechos, al desarrollo de ciudadanía.

Ese núcleo de tolerancia, pluralismo e igualdad de derechos del estado liberal, encontró en su camino un sistema económico - el de la revolución económica de los 80- que se impuso a espaldas de esa esencia de pluralismo, solidaridades e igualdades.

A partir de esta revolución económica de los años 80 con sus políticas de ajuste y sus tres ejes centrales, privatización, desregulación y apertura externa, el sistema político y el carácter de su representatividad comienzan con sus desajustes. Por lo observado en los últimos 25 años, al parecer no es posible desde las bases del estado liberal, sustentar políticamente el sistema económico impuesto en los años 80.
El descontento generalizado por la política, proviene de la evidente asincronía entre, las demandas del sistema económico con su matriz central –privatización de servicios y recursos estratégicos del estado que reafirman el carácter de nación, desregulación y apertura comercial indiscriminada - y la capacidad de absorción del sistema político respecto a esas medidas, especialmente su legitimación .

Es así que en Ecuador –como en otros países en la región- se constatan situaciones críticas en el área de la representatividad política con la faz más visible de los partidos políticos.

La discusión sobre el sistema político fue cooptada para aceptar el impacto sociopolítico de las medidas del ajuste. Es decir, el sistema económico debía ser asegurado por el sistema de representatividad –principalmente el electoral- instrumentalizado a través de los partidos políticos.
El debate acerca de la legitimidad del sistema de representatividad para consolidar el ajuste, fue avasallado por la necesidad de implementar medidas
económicas que requerían de un verticalismo notorio.
Durante estos 25 años de aplicación del ajuste, se ha confirmado que la intermediación entre el bien público y el aparato de poder del sistema, léase estado y sistema político, ha sido administrada durante décadas por Constituciones que legitiman una gobernabilidad que funciona como el amortiguador para absorber o manejar el divorcio entre sistema económico y una verdadera representación de ciudadanía.
Ecuador vive en estos momentos ese histórico período transformativo que parte con el análisis y la discusión.
La ciudadanía y su participación en la toma de decisiones, es un tema convertido gradualmente en una “agenda de la gente”, aunque un sector de la elite comience a sentir algunos efectos de una eventual redistribución de poder en cuotas mínimas estimulado y planificado desde el nivel de barrio y de comunidad.
El tema es polémico y hay que estudiarlo. Lo que sí está claro es que se ha desatado un proceso de discusión de temas nacionales a nivel de comunidad quizás inédito en América Latina, por la forma que es encarada en Ecuador, con apertura, regularidad y basado en una ley.
La Ley Orgánica de Participación Ciudadana, es una pieza central de este proceso. Consiste en “establecer mecanismos de consulta para pueblos y nacionalidades sobre explotación de recursos, administración, creación de los consejos de igualdad y generar la cultura del presupuesto participativo”.
El proyecto de ley contiene 96 artículos, e incentiva dinámicas de organización, mecanismos de participación y control social que la sociedad debe emprender por libre iniciativa para resolver problemas de interés común.
El asunto central es la desconcentración del poder tradicional de las elites. Estas han disfrutado de la posmodernidad que viene con el capital transnacional y sus mecanismos expansivos en booms transformativos en pos de una cultura de rentabilidad que ha generado mayor desigualdad.
Rafael Corea y su proyecto de crear una nueva forma de hacer ciudadanía y de ejercer representatividad, corrige en parte aquella falencia de un sistema económico sin sistema político que emerge con el ajuste de los años 80. Sin hacer socialismo todavía, porque sería muy venturoso afirmarlo, el proyecto de Rafael Correa corrige la falla estructural política de este ajuste, o el modelo neoliberal para otros, al reincorporar el componente de justicia social e intentar rectificar desigualdades profundas en el sistema del poder.

La agenda de esta ley es ambiciosa, y al vislumbrarse ese complejo territorio del ejercicio de la soberanía popular, hay resistencia o escepticismo por parte de aquellos que no han ejercitado culturas ciudadanas participativas, y que han vivido en torres privilegiadas por mucho tiempo.

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

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