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La revolución del 9 de Octubre de 1820: Independencia de Guayaquil

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Juan Paz y Miño

La Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809 nació de las reacciones criollas provocadas por la invasión de Napoleón a España. Sin embargo, la proclama de fidelidad a Fernando VII que hiciera la Junta de Quito, no logró esconder el autonomismo de aquellos patriotas ni su abierta reivindicación por la soberanía y la representación de los pueblos contra las autoridades españolas. De manera que en Quito se inició la primera fase del proceso de la Independencia del actual Ecuador, frustrado por la matanza de los próceres el 2 de agosto de 1810 y la derrota definitiva de la Revolución, que incluso había alcanzado a reunir al primer Congreso de Diputados y a expedir la célebre Constitución del 15 de febrero de 1812, primera en la historia del país.

Con clara comprensión del proceso de Independencia del actual Ecuador, el historiador guayaquileño Camilo Destruge sostuvo en su “Historia de la Revolución de Octubre y Campaña Libertadora” (1918), que el origen de las ideas independentistas se hallaban en el Quito rebelde de fines del siglo XVIII. Y reconoció “como iniciadores de ella, en la práctica, a los próceres de la Revolución de Agosto de 1809 y de la campaña que terminó en 1812, de tan desgraciada manera”.

En 1810, se generalizaron las revoluciones que depusieron a las autoridades y establecieron Juntas similares a la de Quito en Caracas, Santa Fé de Bogotá, Santiago de Chile y Buenos Aires. A diferencia de estas revoluciones criollas, también en México estalló un movimiento independentista, pero de claro origen indígena y campesino. Una década más tarde en toda Hispanoamérica se enfrentaban realistas y autonomistas.

En Sudamérica, las batallas decisivas fueron liberando las regiones que hoy constituyen Venezuela y Colombia, bajo la conducción del genial Simón Bolívar, al propio tiempo que por el sur ascendía José de San Martín tras liberar los territorios de los actuales Argentina y Chile. Oficiales ingleses y otros europeos inspirados en las ideas de libertad se unían a los patriotas americanos. En la misma España crecía la lucha de los liberales contra el absolutismo de Fernando VII; y en 1820 el general Riego, que debía encabezar una fuerza militar para someter a los americanos, se pronunció a favor de la Constitución liberal dictada en Cádiz en 1812 (“La Pepa”), aunque con ello no se logró la atención del rey a las reivindicaciones provenientes de las colonias de ultramar.

De tal modo que cuando Guayaquil proclamó su independencia el 9 de Octubre de 1820, se hallaba en una coyuntura favorable, completamente distinta a la que había tenido Quito una década atrás, incluso porque la economía costeña estaba en ascenso y los criollos terratenientes y comerciantes de Guayaquil, restringidos por el monopolio español y las exacciones coloniales, advirtieron las ventajas de la liberación comercial y de la autonomía política.

Con la Revolución del 9 de Octubre de 1820 en Guayaquil arrancó la segunda fase del proceso independentista de la que seguía siendo Audiencia de Quito. En su preparación tuvieron un papel protagónico tanto la labor de la juventud patriota ligada a las familias dominantes de Guayaquil como el trabajo conspirativo de la logia masónica “La Fragua de Vulcano”. Destacaron dirigentes como José de Villamil, José Antepara, Francisco y Antonio Elizalde, los hermanos Lavayen, Luis Fernando de Vivero, Francisco Marcos, Lorenzo de Garaicoa, Guillermo Bodero, Agustín Franco, José Hilario Indaburu, Ciriaco Robles y numerosos patricios porteños.

A su vez, en la acción militar coordinada participaron los Capitanes venezolanos León de Febres Cordero, Luis Urdaneta y el Mayor Miguel Letamendi. Junto a ellos actuaron los oficiales Peña, Álvarez, Farfán, Escobedo y otros tantos hombres de armas, que lograron el control de las guarniciones de la ciudad, compuestas por los batallones “Granaderos de Reserva”, las Milicias Urbanas, el Escuadrón “Daule”, la Brigada de Artillería y la Tripulación de Fuerzas. Fue apresado Pascual Vivero, Gobernador de Guayaquil y Jefe de la Escuadra Naval, así como varios jefes militares realistas y se impuso la subordinación de unos 1.500 hombres de tropa, sin que se produjeran grandes combates ni mayores resistencias. El resto de la población, entusiasmada con los sucesos, respaldó masivamente a los protagonistas criollos de la ciudad.

Una vez depuestas las autoridades locales se constituyó la Junta y se reunió un Cabildo Abierto que confirmó los hechos producidos. Inicialmente se propuso el nombre de Febres Cordero para la jefatura provincial; pero, por el “Acta de Independencia” suscrita aquel mismo día, finalmente se nombró como Jefe Político a José Joaquín de Olmedo. Este célebre patriota convocó al Colegio Electoral  o Asamblea de Representantes, integrado por 57 Diputados de la Provincia, el mismo que se reunió el 8 de noviembre. Además, el Congreso constituyente reorganizó el Cabildo, dictó el Reglamento o Carta Política (la Constitución de 1820) y designó una Junta de Gobierno integrada por el mismo Olmedo como Presidente, Francisco María Roca, el Coronel Rafael M. Jimena y el secretario Francisco Marcos.

La Provincia de Guayaquil se declaró “en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han de formar en la América del Sur”. De acuerdo con Camilo Destruge, inmediatamente de producida la Revolución de Guayaquil, fueron despachadas dos comisiones para informar a Bolívar: una, con el Coronel Escobedo, y otra con el capitán Francisco de Paula Lavayen. En respuesta, Bolívar envió al General José Mires, con instrucciones y armas para defender la libertad guayaquileña. La Junta aceptó ese apoyo. No llegó, en cambio, la ayuda solicitada a San Martín.  Y Bolívar despachó un segundo apoyo con el General Antonio José de Sucre, que la Junta presidida por José Joaquín de Olmedo, agradeció. El 15 de mayo de 1821 la Junta se declaró bajo la protección de Colombia.

Inicialmente, los revolucionarios guayaquileños fueron derrotados por las fuerzas realistas en Huachi y en Tanizagua. Pero entonces recibieron el refuerzo de las salvadoras tropas grancolombianas y la llegada del general Antonio José de Sucre, quien organizó la estrategia militar sobre el interior del país. Tras una nueva derrota en Huachi, los patriotas reorganizaron las fuerzas y Sucre definió el ascenso por los Andes desde el sur. En plena campaña el ejército libertador fue apoyado con hombres y recursos de los pueblos interandinos.

La batalla final ocurrió el 24 de mayo de 1822 en las faldas del Pichincha. Las tropas realistas al mando del mariscal Melchor de Aymerich fueron derrotadas por una coalición de tropas al mando del general Sucre, integrada por dos divisiones compuestas por batallones y escuadrones de soldados costeños y serranos del propio país, además de tropas venezolanas, colombianas, argentinas, chilenas, bolivianas, peruanas y hasta soldados ingleses, irlandeses y un oficial alemán. Al día siguiente se suscribió la capitulación española. La “Batalla del Pichincha” logró la independencia de la Real Audiencia de Quito, fue el resultado de un esfuerzo amplio por ideales latinoamericanistas y abrió el camino para el establecimiento del nuevo Estado Nacional.

De acuerdo con Camilo Destruge, Bolívar llegó a Guayaquil en julio de 1822. A pocas horas, los partidarios colombianos y el Procurador le solicitaron la incorporación a Colombia, en medio de las enconadas divisiones de los partidos existentes entre los propios guayaquileños: autonomistas, peruanófilos y colombianistas.  Bolívar asumió el mando. Y el 31 de julio, la Asamblea o Colegio Electoral declaró a Guayaquil restituida a Colombia. Según Destruge, fue la solución “más conveniente, la más acertada y hasta salvadora”.

En medio de las conmemoraciones latinoamericanas del Bicentenario de los procesos que dieron inicio a la independencia frente a España, también es necesario reconocer que la Revolución de Guayaquil de 1820 fue el hecho decisivo para culminar la Independencia del Ecuador, que fue el resultado de un largo proceso en el tiempo, que arrancó con la Revolución de Quito en 1809 y concluyó en 1822 y que, además tiene antecedentes en las movilizaciones y protestas populares de campesinos, indios, esclavos y mestizos acumuladas durante el siglo XVIII.

La incomprensión de estos sucesos, de sus alcances nacionales y de los distintos tiempos y circunstancias vividos en aquella época, unidos a los intereses económicos y políticos de las elites dominantes guayaquileñas de la actualidad, han servido de base para que se lancen consignas regionalistas y hasta abiertamente separatistas, que pretenden desconocer los vínculos históricos de la independencia que unen a Guayaquil con Quito y que tergiversan la historia de la ciudad puerto para tratar de convertirla en una especie de ciudad-Estado que supuestamente siempre quiso ser independiente incluso frente al Ecuador. Esas interpretaciones han pretendido ocultar al Guayaquil colombiano de aquellos tiempos, desconocen el auxilio salvador que Bolívar prestó a la libertad del pueblo guayaquileño, difaman a la figura del Libertador y de Olmedo, a quien han degradado al nivel de simple defensor local del autonomismo desconociendo incluso su amistad con Bolívar, a quien califican como “usurpador”. En esa misma línea, la independencia de Guayaquil es entendida en la actualidad, como si hubiese sido exclusivamente la de la Provincia, que es la que proclamaba su autonomía temporal para unirse a una de las naciones que se formarían en Sudamérica, esto es Colombia o Perú. De allí deriva la corriente “autonomista” de aquellos momentos, tanto como la peruanófila o la colombiana.

Pero Guayaquil y su provincia libre se identificaron, desde el primer momento, con el país quítense que luego se llamaría Ecuador. En Guayaquil se formó la División Protectora de Quito, fuerza armada destinada a liberar a la Sierra del control español. Y fue Guayaquil el eje organizativo de la campaña de independencia final y exitosa alcanzada en Pichincha, en 1822.

José Joaquín de Olmedo dedicó al Libertador su famoso poema “La Victoria de Junín. Canto a Bolívar”. Años más tarde también escribiría una “Canción del 10 de Agosto”. Cuando estalló la Revolución de Octubre, impulsó la organización de la División Protectora de Quito, pues estuvo en su mira la liberación del país al que Guayaquil pertenecía. Eso es lo que entonces significó la frase “Guayaquil por la Patria”. Sin embargo, creyó que su país, y naturalmente Guayaquil, debían ser autónomos, para formar un solo Estado independiente. Jamás ese autonomismo fue entendido como “independencia” de Guayaquil con respecto al país de Quito. Pero su proyecto chocaba con la visión integradora de Simón Bolívar, que confiaba en una patria grande, hispanoamericana. La diferencia los distanció. Pero luego se reconciliaron y Olmedo también convocó a Bolívar para el esfuerzo de la independencia del Perú.

De manera que, desde la perspectiva de la historia nacional, el Bicentenario es un motivo para recuperar el sentido de identidad ecuatoriana, ubicando a la gloriosa Revolución de Octubre de 1820 y a sus claros pronunciamientos por la emancipación de su país y por sus vínculos con la Gran Colombia creada por Bolívar, como el hito clave en la fase decisiva del proceso de la Independencia del Ecuador.

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