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Historiador Jorge Núñez responde desde la ANH : La enfermedad de Efrén Avilés es el “odio que lo carcome”
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El académico enfrenta así a los ataques del guayaquileño que se ha dedicado a insultar
El historiador ecuatoriano Jorge Núñez Sánchez, en una carta de respuesta al seudo aficionado guayaquileño Efrén Avilés Pino, ha dado a conocer la versión de los verdaderos motivos de la desafiliación del insultador de la Academia Nacional de Historia, señalando –de entre otros motivos- que en realidad el mentado Avilés está enfermo, “La más grave enfermedad que aqueja a Efrén Avilés y a sus adláteres es el odio contra lo ecuatoriano, que ven como enemigo de lo guayaquileño. Ese es el verdadero cáncer que los carcome” ha dicho.El texto de la carta de Núñez Sánchez, en su versión completa es el siguiente:
Quito, a 18 de agosto de 2009.
Señores:
Efrén Avilés Pino acaba de hacer pública una carta verdaderamente lamentable, que él dirigiera en estos días a los Miembros de <st1:personname productid="la Academia Nacional" w:st="on">la Academia Nacional</st1:personname> de Historia, declarándose avergonzado de pertenecer a esta institución.
Esta carta es el corolario de una disputa historiográfica que Avilés planteara, junto con Melvin Hoyos, en su libro “Historia de Guayaquil”, acerca de <st1:personname productid="la Revolución Quiteña" w:st="on">la Revolución Quiteña</st1:personname> de 1809, que ellos consideran no fue revolución ni tuvo carácter anticolonialista.
Planteado así, en términos teóricos, propios de la ciencia histórica, el asunto merecía un debate civilizado, en el que unas opiniones, documentos o puntos de vista pudieran ser confrontados con otros, en busca de establecer la siempre anhelada verdad. Y en ese nivel fue planteada la réplica que <st1:personname productid="Juan Paz y Miño" w:st="on">Juan Paz y Miño</st1:personname> hiciera a los puntos de vista de Hoyos y Avilés, que demostraba sus errores de apreciación y desvelaba la existencia de una motivación regionalista en los planteamientos de estos autores.
Pero esa réplica civilizada de Paz y Miño fue tomada por Avilés como una agresión personal, que acabó de sacarlo de sus casillas, dadas su natural agresividad y explosividad. Y a partir de este punto voy a referirme estrictamente a los actos y opiniones de Efrén Avilés, pues me consta que Melvin Hoyos ha tenido en todo momento una actitud más ecuánime, ponderada y profesional. Es más, creo que la responsabilidad de Hoyos en este asunto se limita a haberle acolitado a su amigo Avilés en la publicación de ese libro y en la defensa de esos puntos de vista, aunque sin agredir a sus colegas.
Días más tarde fui invitado por al Capítulo Guayaquil de <st1:personname productid="la Academia Nacional" w:st="on">la Academia Nacional</st1:personname> de Historia, tan dignamente presidido por Benjamín Rosales Valenzuela, a participar en el Encuentro de Historiadores “Camilo Destruge”, convocado con motivo del Centenario del Museo Municipal de Guayaquil, y celebrado entre el 21 y 23 de mayo en esa dependencia municipal que lleva el nombre del gran historiador porteño. Y decidí asistir, porque no estuve dispuesto a callar mis verdades en esa importante reunión. Participé, pues, con una ponencia titulada “Los Guayaquileños en el 10 de agosto”, que de hecho mostraba que ese acto fundacional de la Patria criolla contó con la presencia y el respaldo de un buen número de guayaquileños de importancia, tales como el prócer Juan Pablo Arenas y Lavayen, sus familiares Bejarano y Rocafuerte, y los influyentes miembros de <st1:personname productid="la familia Garaicoa. Avilés" w:st="on">la familia Garaicoa. Avilés</st1:personname> estuvo presente durante la lectura de mi ponencia y no se atrevió a hacer comentario alguno; es más, durante todo ese Encuentro me hizo manifestaciones de amistad, que ya entonces sospeché no eran sinceras.
Esa misma tarde se produjo un desagradable incidente, cuando Carlos Calderón Chico inició la lectura de su ponencia y Avilés lo interrumpió, de manera tan destemplada y agresiva que el público le exigió al insolente que se callara y amenazó con expulsarlo de la sala, a lo que él replicó desafiando a golpes a quienes lo increpaban.
Al día siguiente, Avilés dio lectura a su ponencia titulada “1820: <st1:personname productid="La Verdadera Historia" w:st="on">La Verdadera Historia</st1:personname> de la Independencia”, rodeado de un grupo de regionalistas odiadores que había llevado en su respaldo. En su exposición habló menos del tema señalado y más del 10 de agosto de 1809, que se le ha convertido en una verdadera obsesión, por el enfermizo espíritu localista que lo mueve. Y aprovechó la ocasión para llenarme públicamente de elogios, según parece tratando de ganar mi complicidad y mi silencio. Pero dijo tales barbaridades que me vi en el caso de rebatir, culta y civilizadamente como acostumbro, algunas afirmaciones verdaderamente absurdas de Avilés, así como su infame acusación de que el Libertador Simón Bolívar fue “un traficante de armas”.
Le demostré con citas textuales y documentales que Guayaquil no fue incorporado “manu militari” por Simón Bolívar, sino que tomó al puerto bajo la protección de Colombia, según lo pidieran por escrito 226 vecinos principales de la ciudad, liderados por el Procurador General de la Municipalidad porteña, José Leocadio Llona; agregué que entre los firmantes de ese documento estaban los antepasados de Efrén Avilés. También le demostré que Guayaquil no se liberó únicamente con sus propios medios, como suele alardear Avilés, sino que lo logró con ayuda de las fuerzas colombianas enviadas por Bolívar, tanto así que la Junta de Gobierno presidida por Olmedo dispuso que en Yaguachi, en el lugar del primer triunfo militar patriota contra los españoles, se levantara un monumento que dijera: “Aquí Guayaquil fue libre al amparo de Colombia”. Y finalmente le probé que Bolívar no vendió armas a la Junta de Guayaquil, sino que ambas partes firmaron un convenio de contingentes, por el que acordaron compartir por igual los gastos de equipamiento de las tropas.
Al terminar la exposición de mis observaciones hubo un aplauso general y luego se produjo un curioso incidente: algunos de los regionalistas amigos de Avilés, que no formaban parte de los asistentes regulares y solo fueron ese día para apoyarlo, gritaron mueras a Bolívar, provocando con ello la reacción de muchos maestros y estudiantes que participaban formalmente en el Encuentro, quienes lanzaron reiterados vivas a Bolívar e hicieron callar a los cuatro malcriados amigos de Avilés. Estos sucesos fueron reseñados ampliamente por la prensa de esos días.
Al día siguiente, Avilés me reclamó amablemente por no haberle regalado mi último libro, cosa que hice de inmediato, con una dedicatoria cordial pero franca, que hacía alusión a nuestras diferencias de opinión. Ahora, también esto es motivo de una acusación verdaderamente ruin en mi contra, plasmada en su carta a la Academia.
Resumiendo esta respuesta, que ya va siendo muy larga:
1.- Efrén Avilés planteó un debate sobre asuntos históricos, que luego no ha sabido sostener en estrictos términos intelectuales, sino que ha llevado al nivel del dicterio y la ofensa, donde parece que se siente a sus anchas.
2.- Paulatinamente ha ido ampliando sus ataques a todos los historiadores que él llama “serranos”. También ha abierto fuego contra respetables historiadores porteños que no comparten sus puntos de vista. Y sé que incluso ha enjuiciado a nuestro colega Carlos Calderón Chico, acusándolo de ofensas durante un debate. Todo ello prueba su incurable regionalismo y su reputada agresividad, que lo incapacitan para sostener un debate ponderado, usando ideas y argumentos.
3.- Jamás he ofendido a Efrén Avilés ni a ningún otro colega y, en este debate que he reseñado, he tenido el buen cuidado de hablar de asuntos teóricos y de respaldar mis afirmaciones con citas y documentos, precisamente para elevar el nivel del mismo y evitar conflictos personales con nadie.
4.- Cuando diferencié entre historiadores profesionales y aficionados a la historia no lo hice con ánimo de ofensa, sino de simple precisión académica. Respeto en grado sumo a quienes incursionan en los estudios históricos aunque no tengan título académico, pero espero que ellos se interesen al menos por los rudimentos de la ciencia histórica y no se limiten a efectuar refritos de trabajos ajenos, para proclamarse historiadores. Por otra parte, tampoco me envanezco por mis doctorados, pero en mis publicaciones los hago constar con legítimo orgullo, porque ciertamente no me los ha regalado nadie, sino que los he conquistado con esfuerzo, quemándome las pestañas por años, mientras otros que yo conozco se dedicaban a las serenatas y al trago.
5.- Uno de los elementos que muestra el profesionalismo de un historiador, tenga o no tenga título académico, es la búsqueda del conocimiento por medio de <st1:personname productid="la investigación. Por" w:st="on">la investigación. Por</st1:personname> lo mismo, no merece ningún respeto profesional quien solo anda a la caza de razones o datos que apoyen sus pobres hipótesis, negándose a ver las evidencias que las contradicen. Si Avilés y sus amigos buscaran en serio la tan cacareada “verdad histórica” sobre el Diez de Agosto o sobre los actos del Libertador en Guayaquil, la encontrarían a mano, con sólo leer los libros de Camilo Destruge Illingworth titulados: “Controversia Histórica sobre la Iniciativa de <st1:personname productid="la Independencia Americana" w:st="on">la Independencia Americana</st1:personname>”, recién reeditado por Melvin Hoyos, e “Historia de la Revolución de Octubre y Campaña Libertadora de 1820-<st1:metricconverter productid="1822”" w:st="on">1822”</st1:metricconverter>. Pero lo cierto es que ellos no andan en busca de razones ni de verdades, sino de fermentos que les permitan destilar odio.
6.- Como le dije públicamente a Efrén Avilés, en el Encuentro de Historiadores realizado en Guayaquil, él y los historiadores localistas del puerto no están siquiera debatiendo con los del resto del país, sino contradiciendo lo afirmado y probado por los grandes historiadores porteños –como Destruge, Pareja Diezcanseco y otros de esa talla– que demostraron que Quito inició la lucha por la independencia hispanoamericana el 10 de agosto de 1809. Y también están contradiciendo a José Joaquín Olmedo, a quien usan como ariete contra la imagen de Bolívar, pero a quien ni respetan ni leen, porque si lo hicieran sabrían que Olmedo no sólo fue el cantor de Bolívar, sino también el cantor del Diez de Agosto de 1809, que exaltó en un bellísimo poema que fue preludio de nuestro Himno Nacional. ¡Ese es el nivel de estos supuestos “olmedianos”!
7.- Sobre el nombre de “río de Orellana” dado originalmente al Amazonas, Avilés se confunde tristemente en su deslayada carta. Si él hubiera estudiado esa parte de la historia ecuatoriana (cosa que obviamente no le interesa, porque no aportaría nada a sus lides regionalistas) sabría que los Sánchez de Orellana pertenecían a la misma familia de Francisco de Orellana, el conquistador español que fuera Gobernador de Guayaquil y descubridor del gran río.
8.- Estar afectado de cáncer no es disculpa para ofender a los demás ni, menos aún, para atentar contra la verdad histórica y ofender a la mayor parte de la opinión pública ecuatoriana, que con toda razón considera al Diez de Agosto una fecha cimera de la historia nacional. Tampoco puede ser un impedimento para que los demás respondan a los errores conceptuales y ruindades personales del afectado, aunque sea en líneas generales.
9.- La más grave enfermedad que aqueja a Efrén Avilés y a sus adláteres es el odio contra lo ecuatoriano, que ven como enemigo de lo guayaquileño. Ese es el verdadero cáncer que los carcome.
10.- Amo a mi país y tengo un particular afecto por Guayaquil. Ni para lo uno ni para lo otro necesito el permiso ni la bendición de nadie. Quienes nunca aceptamos que hubiera un dueño del país, no vamos a aceptar hoy que un grupo de amargados quiera proclamarse dueño de nuestro puerto y cancerbero de la verdad histórica.
Eso es todo.
Jorge Núñez Sánchez
ECUAMEX
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