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Edición #4866 |  Ecuador, miércoles, 21 de noviembre de 2018 |  Ver Ediciones Anteriores

Con un pobre argumento de Efrén Avilés a la ANH, ofende y proclama: “El que se pica pierde”

2009-08-21 10:19:56
Notas Gremiales
2584

Una nueva y grotesca carta llena de insultos dirige el guayaquileño contra la Academia Nacional de Historia

Por segunda ocasión, el ex historiador guayaquileño Efrén Avilés Pino, arremetió contra la Academia Nacional de Historia, con una carta corregida y aumentada a la anterior versión, para atacar a Quito y el que se haya celebrado el Bicentenario de la Nación. Exhibiendo palabras ofensivas, considera "regionalista" a todo aquel que se le cruza al frente de sus "argumentos" y, luego de insultar –incluido a nuestro medio por haber difundido su anterior misiva- de manera grosera el seudo aficionado a la historia quiere terminar el conflicto desatado con una frase que solía usar el ex presidente Jamil Mahuad: "El que se pica pierde", para no asumir la responsabilidad de sus actos.

El texto de la segunda carta del ex historiador mantiene el estilo de la primera versión de ataque a la ANH, con una serie de datos y detalles,de entre los cuales se nota que pese a su anunciada desafiliación, mantiene el membrete de miembro de la Academia.

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 EFREN AVILES PINO
 Miembro Correspondiente de la
 Academia Nacional de Historia del Ecuador

 Guayaquil, agosto 17 de 2009

 

Señores Miembros de la

ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA DEL ECUADOR

Donde estén.-

 De mis consideraciones:

Hace cinco años, el 28 de mayo de 2009, fui incorporado, como Miembro Correspondiente, a la Academia Nacional de Historia del Ecuador. Lo que entonces consideré que era un honor, poco a poco me ha ido decepcionando, y hoy me siento avergonzado de pertenecer a una institución que en el campo histórico no tiene ni voz, ni voto, ni opinión, ni nada; que solo sirve para la figuración social y que no es otra cosa que una camarilla que congrega y obedece -salvo muy pocas y honrosas excepciones, la mayoría de ellas guayaquileñas- a un grupúsculo de “doctores” en historia que -comenzando por Jorge Salvador Lara y pasando por Enrique Ayala Mora hasta culminar con Juan Paz y Miño y Jorge Núñez Sánchez, entre otros de origen serrano- la falsean sin rubor y que, conociendo la documentación necesaria para escribirla de una manera veraz, la ocultan y tergiversan para satisfacer egoístas vanidades; historiadores que a cambio de prebendas guardan cobarde y cómplice silencio, y aceptan como válidas las propuestas falsas e indocumentadas de esos “doctores” que, abrumados por la verdad y su ninguna capacidad de investigación, por simple revanchismo regional, plañideramente exigen que se calle la voz “guayaquileña” de quienes no mienten, y lloran por que se prohíba la entrega y lectura de libros -como es el caso de la “Historia de Guayaquil”, escrita por Melvin Hoyos y el suscrito-, simplemente porque en esos libros se dicen verdades históricas que ni al Gobierno -engañado por los “doctores”- ni a los “doctores” -engañados por su vanidad- les gustan.

 

Los “doctores” quiteños podrán repetir mil veces que el 10 de Agosto de 1809 se proclamó la independencia, pero los documentos demostrarán, mil veces y mil veces más, que eso no es verdad y que ellos son unos mentirosos.

 

Como yo no soy “doctor”, uno de ellos, precisamente el “doctor” Jorge Núñez Sánchez -caracterizado por su acendrado regionalismo y su opinión a precio más conveniente-, queriendo desmerecer mi trabajo me llamó en una oportunidad “aficionado”; y así es, llevado por mi afición a la historia he realizado investigaciones que me han permitido la publicación de muchos libros y trabajos, en los que he podido desenmarañar y aclarar algunos capítulos que esos “doctores”, conociendo la verdad y la abundante documentación existente -que está al alcance de sus manos- se niegan a aceptar.

 

Este “doctor” Núñez Sánchez, me obsequió su libro titulado “De la Colonia a la República: El Patriotismo Criollo”, adornado con una singular y nada sincera dedicatoria.

 

En dicho libro, la palabra Guayaquil aparece solo como referente, en frases como “vía fluvial hasta Guayaquil” (p. 23), “dependencia portuaria de Guayaquil” (p. 24) “Quito-Guayaquil-El Callao” (p. 34), “Junta de Gobierno de Guayaquil” (p. 71), “avanzaran hacia Guayaquil” y “Logia Estrella de Guayaquil” (p. 82), “Quito, Cuenca, Pasto y Guayaquil” (p. 83) y, así, Guayaquil -a pesar de haber sido la ciudad más importante de la Audiencia de Quito, la que generaba la mayor cantidad de recursos económicos y la que proclamó la independencia de la Patria y financió todas las luchas por la libertad- pasa desapercibida entre las páginas del pequeño libro, a pesar de tratarse de un tema de carácter nacional, como lo señala su título.

 

¿Será que el DOCTOR Jorge Núñez Sánchez, casado con una guayaquileña, que tiene familia en Guayaquil, que según él ama a esta  ciudad, es regionalista?

 

A pesar de estar demostrado hasta la saciedad que antes de Quito fueron Chuquizaca y La Paz, en Bolivia, y de que en Quito, el 10 de agosto de 1809 no se proclamó ninguna independencia, el “doctor” Núñez -al igual que los Salvador Lara, los Ayala Mora y los Paz y Miño, entre otros desinformados- repite neciamente, en la página 119, que en Quito se dio el “Primer Grito de la Independencia Americana”; esta manipulación histórica destinada, indudablemente, a desvirtuar el día de la independencia nacional, proclamada en Guayaquil el 9 de octubre de 1820.

 

Debe saber el “doctor”, que fue durante la Asamblea que entre 1845-1846 se reunió en la ciudad de Cuenca, donde se dijo que “fue en Guayaquil donde se dio el Primer Grito de Independencia del Ecuador”; nadie negó esa afirmación, que fue robada a Guayaquil para asignársela a Quito.

 

Obnubilado por su quiteñismo de adopción, en la página 105 de su libraco el “doctor” sostiene que al río de las Amazonas se le dio el nombre de Orellana en homenaje a la familia de los marqueses Sánchez de Orellana… Posiblemente el “doctor” ignora quien fue Francisco de Orellana; se lo recuerdo: fue el descubridor de dicho río, y a él se debió ese nombre.

 

Don Manuel de Guzmán Polanco, a quien guardo mi más alta consideración y respeto, por haber tratado de hacer de la Academia una institución de carácter nacional, cometió el gravísimo error de incorporar a algunos historiadores guayaquileños dispuestos siempre a decir la verdad: para citar unos pocos nombraré a Melvin Hoyos, a Guillermo Arosemena, a Ezio Garay, a Juan Castro y Velázquez y, por su puesto, a mi, Efrén Avilés, quien los ha puesto a correr agarrándose los pantalones con las dos manos. 

 

¡Me ensucio de la algarabía con solo imaginar tan patético cuadro¡

Hoy don Manuelito se refiere a mi trabajo como el resultado de confusiones mentales “causadas por mi enfermedad”: Mi enfermedad es cáncer y es muy posible que en su senectud, don Manuel confunda la amnesia con la magnesia, pues contrariamente a lo que sucede a un hombre senil, en nada afecta el cáncer a la memoria.

 

Orgullosa debe sentirse la provincia de El Oro de contar entre sus hijos con el historiador Vicente Poma Mendoza, investigador incansable de la historia regional quien, como los señalados en el párrafo anterior, busca y dice siempre la verdad. Igual debe pasar en Manabí, donde Ramiro Molina se empeña perseverantemente en rescatar la historia provincial y especialmente de Portoviejo.

 

Desde hace aproximadamente 4 años he insistido ante Benjamín Rosales, Presidente del “Capítulo” Guayaquil de la Academia Nacional de Historia, en el sentido de que la Academia debería revisar ciertos capítulos de la historia que, como el 10 de agosto de 1809- han sido falseador; Nunca quiso convocar a una reunión para tratar ese tema y, por el contrario, hizo lo posible por evitarlo. ¿Será por rivalidad o por servilismo?

 

Hace pocos días -en una reunión social- le indiqué que desde hacía algunos años, en Quito se le había cambiado el histórico nombre al Cuartel Real de Lima y se lo había sustituido por el de Cuartel de la Real Audiencia de Quito, señalándole además que no existía un solo documento que se refiera a ese lugar con ese nombre, impuesto posiblemente por un burócrata desocupado o por un historiador mentiroso, de esos que abundan en la capital.

 

Su reacción fue alterada y casi violenta: ¡No...! Ellos (se refería a los historiadores quiteños) dicen que así se llamaba...

 

Pero ningún documento lo menciona así, insistí yo...

 

¡No hacen falta los documentos... (el volumen de su voz aumentaba) ellos dicen que así se llamaba porque estaba en Quito, etc. etc. etc...¡.

 

Yo me alejé triste pero con una sonrisa de lástima dibujada en mi rostro, pues en ese momento comprendí que él era un incondicional a las propuestas mentirosas de los historiadores quiteños.

 

Cuenca, que a través de la historia se ha caracterizado por el extraordinario talento de sus hijos -escritores, historiadores y poetas-, ha tenido, dentro de la Academia, a hombres de la talla de don Miguel Díaz Cueva (hijo) y Manuel María Borrero (autor del libro “Quito, Luz de América, donde dice la verdad sin temores), entre otros; lamentablemente hoy tiene como representante al doctor Juan Cordero Iñiguez, historiador que por prebendas y veleidades se niega a aceptar y menos aún a decir la verdad. Durante el siclo (sic) de conferencias históricas que se dieron con motivo de los 100 años del Museo Municipal de Guayaquil, a las que él asistió, yo lo invité en Guayaquil para que escuchara la que yo daba relacionada con el 10 de agosto de 1809, pero él no quiso oír la verdad y prefirió salir corriendo, dizque a la playa.

 

A esos “doctores” -Salvador Lara, Ayala Mora, Paz y Miño, Núñez Sánchez, Cordero Iñiguez y Rosales Valenzuela, entre otros- les recomiendo ilustrarse leyendo las bellísimas y ampliamente documentadas páginas de “El Libro de Guayaquil” (Historia de Guayaquil), escrito en coautoría con Melvin Hoyos, historiador aficionado como yo y también Miembro de la Academia de Historia (que raro, somos aficionados pero a la vez somos miembros de la Academia Nacional de Historia); lean también la obra titulada “1820: La Verdadera Historia de la Independencia”, de mi autoría, cuya lectura, muy probablemente, también será prohibida por decir verdades que a los “doctores” no les gustan; una de ellas, la de que el 10 de agosto es una farsa, pues en 1809 no se proclamó ninguna independencia, y eso lo puedo demostrar hasta la saciedad muy documentadamente.

 

En 1909, al crear la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, que luego se convertiría en la Academia Nacional de Historia, el Ilmo. Federico González Suárez, Arzobispo de Quito, dijo: "Como la verdad es el alma de la Historia, buscad la verdad, investigad la verdad; y cuando la encontréis, narradla con valor. La historia tiene una majestad augusta; la lisonja la envilece, la mentira la afrenta; sólo la verdad le da vida".

 

Yo he procurado siempre apegarme a la verdad, que pena que algunos hayan olvidado tan sabios principios.

 

¿Será que solamente los historiadores “aficionados” pueden escribir la verdad documentada?

 

Por las razones expuestas, y muchas más que me abochornaría mencionar, es que -repito una vez  más- me da vergüenza pertenecer a la Academia Nacional de Historia.

 

Antes de terminar quiero señalar que la semana pasada envié a diario Expreso una carta expresando algunas de las señaladas en esta, mencionando lo avergonzado que me sentía de pertenecer a la Academia de Historia pero sin dar nombres. La carta no fue publicada como debía serlo, pues la recortaron hasta hacerla perder todo su sentido; pero por arte de birlibirloque, esta fue enviada a Quito, a la Academia de Historia y a una regionalista página web cuyo nombre no merece la pena mencionar.

 

Ruego a ustedes disculpar lo extensa de esta comunicación que es la última, pues esa gente no merece un minuto más de mí tiempo. Las celebraciones ya pasaron; la farsa continuará doscientos años más, pero esos historiadores sabrán que yo dije la verdad y que ellos son unos mentirosos.

 

Atentamente,

Efrén Avilés Pino
C.I. 0903807121

P.D. No hay derecho a réplica; el que se pica pierde.

 NDR:

 A la Redacción de Ecuadorinmediato.com, nos congratula en forma grata que el mentado Avilés Pino no nos mencione.

 Es mejor, con ello nos evitamos responder a alguien que usa el lenguaje de manera tan burda y ofensiva, para atacar y acusar de “regionalista” a todo a quien él considera que no concuerda con sus asertos, lanzando ese dicterio que se le puede aplicar a  su comportamiento demostrado en esta carta.

Como dice Badden Powell para educar a los muchachos: “Las palabras sucias ensucian a quien las usa”

ECUAMEX

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